El mercado es un producto social anterior al capitalismo al que va a trascender, por lo cual no se debe confundir capitalismo con economía de mercado. | Humberto Zambón
El mercado es una organización social en la que entran en relación comercial los oferentes y los demandantes de bienes y servicios, es decir los productores o vendedores con los consumidores o compradores. Se trata de relaciones sociales entre personas.
Mucha gente, en particular socialistas, cometen el error de identificar mercado con capitalismo. Esto no es correcto: el mercado es una institución social anterior al capitalismo; existe cuando hay división del trabajo y producción para intercambiar con otros agentes anónimos. Existió mercado en la sociedad esclavista, como la griega o romana, y también en las sociedades precapitalistas y, según la experiencia del siglo XX y lo que teóricamente se puede inferir, lo va a trascender.
Es preciso insistir que es una creación social y que nunca debería convertirse en un ente por encima de la sociedad, con poder para dominarla y alienarla.
Lo que sucede es que con el capitalismo la mercancía, y por lo tanto el mercado, han tomado un lugar central y dominante en la sociedad. Todo tiende a convertirse en mercancía. Por ejemplo, la fuerza de trabajo, que es la capacidad humana de transformar la realidad, que es parte de la esencia de nuestra especie, se ha convertido en mercancía y por eso se habla del mercado de trabajo y de su precio, el salario.
Los bienes que por esencia son bienes públicos, que deberían ser libres y gratuitos como el aire, se han vuelto mercancías: la educación, la salud, el servicio de seguridad, los derechos a la vivienda tienen sus respectivos mercados y precios. Inclusive la muerte, como ceremonia y como lugar en un cementerio, ha sido sometida a la ley del mercado.
Pero la existencia de mercancías asegura la existencia de mercados, pero no el funcionamiento libre ni correcto (como mera herramienta) de los mismos. Al contrario, por un lado, los monopolios tienden a dominarlo según sus intereses y conveniencia y, por el otro, al capitalismo no le interesa el ser humano, sólo existen productores y clientes. Las necesidades que no se traducen en demanda monetaria no se toman en cuenta; la producción y los servicios son para quienes pueden pagarlo. El estado pareciera estar sólo para castigar a aquellos que amenazan lo más sagrado: la propiedad privada.
En el capitalismo el mercado ha tenido una exagerada centralidad cuya justificación teórica está en el liberalismo económico. Adam Smith, en el siglo XVIII, verificó el carácter objetivo del valor de cambio de las cosas y trató de demostrar que el mercado es el perfecto asignador de los recursos productivos; en consecuencia, debía dejarse al mercado actuar por su cuenta, en total libertad, sin interferencias –como podría ser la del estado- para lograr un óptimo social.
El discurso de Adam Smith es racional. Uno puede discutirlo, creerlo o rebatir sus argumentos; puede decir, por ejemplo, que logar el óptimo presupone condiciones y supuestos que no se dan en la realidad social; inclusive puede argüir, con fundamento, que los ejemplos históricos muestran que esa perfectibilidad del mercado es un mito.
Pero la justificación teórica del mercado dio un paso más. Y en este paso tuvo importancia Friedrich von Hayek, que en 1944 publicó Camino de servidumbre y en 1960 Los fundamentos de la libertad. Para este autor, toda planificación económica, aún la más leve, lleva necesariamente al totalitarismo y a la pérdida de las libertades personales; ese camino hacia la servidumbre comienza cuando se lanza la idea de “justicia social” o de “justicia distributiva”, que, según él, tiende a desmantelar al mercado libre y termina conculcando las libertades económicas y personales. Von Hayek, y sus seguidores, confunden Libertad (así, con mayúscula) con “libertad de empresa” y la pretenden convertir en sinónimo de propiedad privada.
Ese pensamiento se institucionalizó en el llamado “neoliberalismo” y se convirtió en el pensamiento dominante de toda una época. Es el “pensamiento único”. Más que de una concepción ideológica, como el liberalismo económico de Adam Smith, se trata de una especie de religión, donde el Mercado ocupa el lugar de divinidad suprema y el estado cumple el papel de maligno. El Mercado –para el neoliberalismo- está por encima de los hombres y de la sociedad y, como toda divinidad, nunca se equivoca; siempre decide el mejor camino y el mundo que resulta de sus decisiones es el mejor mundo posible.
Pero esta simbiosis “capitalismo-mercado” no es más que de un mito “for export”, que ni los mismos capitalistas, menos que nadie, creen. Según confesiones de Kevin Carson, un teórico “anarcocapitalista” admirado por Javier Milei, “desde la revolución industrial lo que se tilda nostálgicamente de “laissez faire” fue de hecho un sistema de intervención estatal continua para subsidiar a la acumulación, garantizar el privilegio y mantener la disciplina del trabajo” (citado por Alejandro Galliano, “La máquina ingobernable”, 2024), mientras que el historiador Kevin Carson define al capitalismo como “una organización antimercado” (ídem):
Los argentinos tenemos una larga experiencia de lo que significa el dominio del mercado, sostenido por neoliberalismo, y cuáles son sus consecuencias: lo vivimos con Videla-Martínez de Hoz, con Menem-Cavallo, con Macri y, ahora, con el anarcocapitalismo de Milei. Aprendimos (como dijo el presidente Kirchner al asumir en mayo del 2003) que el mercado organiza económicamente, pero no articula socialmente y que, como sociedad, debemos hacer que el Estado ponga igualdad allí donde el mercado excluye y abandona.
En resumen, el mercado es una institución social que cumple una finalidad económica, pero las consecuencias sociales que resultan pueden entrar en colisión con los objetivos de las mayorías democráticas e, inclusive, pueden llegar a ser desastrosas. Entonces es la sociedad, corporizada por el estado, quien debe intervenir, regulando su funcionamiento y encausando los resultados.
Hace unos años Horacio Rieznik, ex sub secretario de industria de la Nación, escribió sobre este tema unas líneas que me parecieron impecables: “El hombre opera sobre la naturaleza utilizando sus propias leyes, para protegerse y evitar o limitar los desastres naturales (incluyendo a las enfermedades) y para utilizarla en su provecho y aumentar su confort. Para ello aplica regulaciones (pararrayos, diques, caminos pavimentados, agua corriente, cloacas, estructuras antisísmicas, etc.) y hoy en día trata de protegerla mediante la ingeniería ambiental. En forma idéntica se debe actuar sobre el mercado, utilizando las leyes de la economía para prevenir que su libre acción conduzca a calamidades tan perversas como las que fácilmente se observan en la naturaleza y para gozar de un alto nivel de vida”.
Neuquén, 5/2/2025
Imagen: Pixabay CC0 Public Domain