La restricción externa: entre el déjà vu y los deseos de Las Fuerzas del Cielo para alinear los planetas

La restricción externa: entre el déjà vu y los deseos de Las Fuerzas del Cielo para alinear los planetas

El análisis que se realiza permite inferir que las políticas fiscales y financieras solo conducen a nuevos ciclos de restricción externa y endeudamiento agravado que frustran el desarrollo. | Ramiro Bertoni

Un poco de (necesaria) historia

La economía argentina tiene atada su suerte a la disponibilidad de divisas para poder crecer. En la posguerra, con la industrialización por sustitución de importaciones, el crecimiento era muy demandante de divisas (para maquinarias e insumos no producidos) y el sector agropecuario era prácticamente el único que las proveía. Así, tras unos años expansivos los dólares escaseaban, abriendo paso a una devaluación que genera un ciclo recesivo para recomponer las cuentas externas. Era el denominado ciclo de “stop and go”.

Desde inicios de los 70’ se producen cambios a nivel mundial, como la posibilidad de acceder a flujos financieros, que darán por primera vez la posibilidad de postergar la restricción externa, permitiendo a la dictadura cívico-militar articular una apertura comercial y financiera. La primera, combinada con la Tablita de Martínez de Hoz, generará desindustrialización y el fenómeno de la “Plata Dulce” con el turismo al exterior del “deme dos”. La segunda postergará por un tiempo el desequilibrio externo. Ello fue a costa del endeudamiento, en parte del gobierno, en parte de grupos económicos. En 1981, la corrida bancaria y la cambiaria jaquean al modelo y el gobierno estatiza la deuda externa privada.

La recuperación de la democracia se enfrentará al nuevo relacionamiento externo de la Argentina, donde a la restricción estructural de los años 50/70 se suman los compromisos de pago de la deuda externa. Con la retracción de capitales privados, vuelve el FMI y sus condicionamientos. El peso de la deuda externa sin duda fue determinante en el fracaso de los intentos de conciliar estabilidad y crecimiento, lo que condujo a que el primero y el segundo gobierno democrático enfrentaran hiperinflaciones.

A inicios de los 90´ con Menem en el gobierno, el mundo cambiará con la caída de la URSS y la pérdida de centralidad del Estado en favor del mercado, lo que lleva a la convergencia de los condicionamientos del FMI y el BM para otorgar financiamiento: privatizaciones, apertura comercial y financiera, desregulación, etc. En dicho marco se implementa la Convertibilidad, que derivó en atraso cambiario, abaratando importaciones devastando una vez más a la industria, y el déficit de cuenta corriente fue financiado por endeudamiento y fondos especulativos. El recuerdo de la hiperinflación y el “voto cuota” le brindó consenso a Menem, y luego La Alianza ganó como “garante de la convertibilidad”, que terminó convocando a Cavallo, el “Padre de la Criatura”, pero a fines del 2001 el colapso era inevitable. La salida de inversores financieros y la falta de apoyo del FMI precipitó una masiva fuga de capitales, quedando “el corralito” para los ahorristas desinformados.

Tras el reordenamiento macro de 2002 comienza el ciclo kirchnerista, que coincide con la mejora en el precio de los commodities y que, sumado a diversas políticas internas, generó un proceso inédito de acumulación de reservas vía saldos comerciales positivos. Además de mantener años de alto crecimiento, esto permitió un desendeudamiento, tanto por reestructuración de los pasivos privados como por el pago al FMI. Por varios años se crecerá y se redistribuirá ingresos (sin restricción externa), aunque sin los cambios estructurales necesarios para sustentar la estrategia en el tiempo. En 2010 la cuenta corriente se tornó negativa, desde 2011el PBI per cápita se retrae, se aplican controles cambiarios (el llamado “cepo”), y en 2015 el rojo del saldo comercial priva al modelo de la principal fuente de dólares.

A fines de 2015 el cambio de gobierno fue festejado por los sectores financieros internos y externos, lo cual permitió levantar el “cepo” y unificar el tipo de cambio, luego de una megadevaluación y una pronunciada caída del salario. Más allá de la primavera financiera de 2016 y 2017, sucesos internacionales, sumados a la fragilidad externa, llevan a un proceso masivo de fuga, que fue “financiado” por el mayor préstamo en la historia del FMI: 50.000 millones de dólares, que excedía a lo que podía acceder Argentina. Así, el gobierno de Macri reinstaló el “cepo” y dejó una deuda impagable junto a la nueva tutela del FMI.

En el gobierno del Frente de Todos, con circunstancias adversas y errores políticos, se agudizó la escasez de divisas, lo que, entre otras cosas, llevó a mantener el “cepo”, administrar de modo discrecional las importaciones y devaluar, lo que acarreó tensiones inflacionarias y el consecuente deterioro de los salarios y otros ingresos fijos.

La Libertad Avanza: inicio de una reconfiguración económica radical. Dudas en la sustentabilidad externa del proyecto 

La simplificación del relato libertario sobre el diagnóstico y solución de los problemas económicos sedujo a una parte importante de la sociedad. La promesa de dolarización generó la ilusión de una nueva convertibilidad, en donde los pesos se transformarían por arte de magia en dólares. El gobierno actual recibió un país con alta inflación, un sector externo con déficit de cuenta corriente e importaciones impagas, a lo que se suman reservas netas negativas y alto endeudamiento. Lejos de ir a una dolarización, de hecho imposible, impulsó regresivas políticas de ajuste y al superávit fiscal como “señal” a los mercados.

En cuanto al frente externo, una mega-devaluación redujo los salarios e indujo una fuerte recesión que contrajo las importaciones -en 12.000 millones-, y conjuntamente la mejora de la competitividad cambiaria y la superación de la sequía, expandió en un valor similar a las exportaciones, brindando al gobierno casi 25.000 millones de dólares por la vía comercial. A este resultado contribuyó el cambio de signo de la balanza energética, derivado de la maduración de Vaca Muerta y la herencia de la construcción del gasoducto.

Este superávit comercial más que compensó los componentes negativos de la cuenta corriente, permitiendo un superávit que revirtió la situación del año anterior. Si se adiciona la colocación de los BOPREAL (para resolver el pago de importaciones atrasadas), y el blanqueo de capitales (que superó las propias expectativas rozando los 20.000 millones de dólares), se comprende un elemento central para la recomposición de reservas en 2024. 

Tal solvencia de las cuentas externas permitió al gobierno implementar una suerte de “tablita cambiaria”. Transcurridos unos meses del shock devaluatorio inicial, el tipo de cambio comienza a atrasarse, al tiempo que la venta de dólares de la clase media ayuda a sostener baja la brecha con el “blue”. Más allá de las discusiones sobre los indicadores sociales y de la caída de la actividad industrial y de la construcción, el gobierno señalaba que el ordenamiento de las cuentas fiscales (con mucha crueldad y algo de maquillaje) y del frente externo (reversión del saldo de cuenta corriente y aumento de reservas) sentaba las bases para el crecimiento en 2025. En el plano institucional, exhibía los logros de sus victorias legislativas: DNU 70/23 sin veto bicameral, aprobación de la Ley Bases y reversión de los vetos a las leyes de financiamiento universitario y recomposición de las jubilaciones.

En los primeros meses de 2025, junto con cierta reactivación (muy heterogénea), se evidencia la pérdida de reservas de sostener el esquema de mini devaluaciones. Frente a este escenario, el gobierno juega la carta del apoyo internacional, y Trump logra que en abril el FMI otorgue un nuevo crédito de 20.000 millones de dólares, con desembolso de 12.000 en el primer tramo, y un esquema de flotación entre bandas de 1.000 a 1.400 pesos por dólar. Para sorpresa de muchos, el dólar en vez de irse hacia la banda superior -ya que partía de un tipo de cambio atrasado-, se ubicó cercano a la mitad inferior. El gobierno eligió que los ingresos de dólares abastezcan la demanda para atesoramiento, turismo e importaciones, y así mantener bajo su valor. Ello prioriza el efecto antiinflacionario del dólar con fines electorales y posterga los compromisos con el FMI de incremento de reservas.

En mayo de 2025 el gobierno promueve (casi sin éxito) el uso de dólares del “colchón” de cualquier procedencia. A fines de junio empezaron a sonar las alarmas cuando se conocieron los resultados de la cuenta corriente, que arrojó un déficit en la balanza de servicios, donde el principal rubro fue el gasto récord en turismo al exterior, totalizando un rojo de -5.191 millones de dólares, que se “financió” con incremento de endeudamiento privado. El gobierno insiste en que el desequilibrio externo financiado por privados no es un problema. Pero son deudas que requerirán de dólares para su repago, y por lo tanto es muy distinto si se destinan a inversiones, que si entran vía la importación de bienes de consumo.

En este contexto, el banco JP Morgan aconsejó “dar un paso atrás” con los bonos argentinos y empezar a desarmar el carry trade, señalando que los riesgos del déficit de la cuenta corriente (superior al 2% del PBI), el estancamiento de las reservas y las turbulencias electorales aconsejan actuar con prudencia. Por otra parte, estas tendencias tienden a profundizarse: comparando mayo de este año respecto al año anterior, la cantidad de turistas en el exterior aumentó un 45%. También es preocupante que la demanda de dólares destinada al atesoramiento de personas físicas (el “cepo” no se levantó aún para las empresas) alcanzó, en abril/mayo de 2025, los 5.250 millones de dólares, que solo es superado en el mismo bimestre de 2018, la antesala de la crisis externa del macrismo.

Al momento de escribir estas líneas, el dólar, desde valores cercanos al piso de la banda, se ha acercado a la banda superior (1.400), limite en el que el gobierno debería vender reservas para estabilizar su valor, chocando con el objetivo de incrementarlas. El gobierno apuesta a otras fuentes privadas o a la “creatividad” de Caputo para emitir nueva deuda en bonos y así evitar más subas del dólar, manteniendo bajos niveles de inflación como llave para ganar las elecciones de octubre. De lograrlo, podrían hacer una devaluación moderada, conteniendo el impacto inflacionario con desaceleración de la actividad, que conjuntamente con la corrección cambiaria, retraería las importaciones, estimularía exportaciones y desincentivaría el gasto de turismo, todo lo que mejoraría el perfil de la cuenta corriente. En este cuadro aspiraría a bajar el riesgo país a niveles compatibles con la refinanciación de deuda como un puente hasta que maduren nuevas inversiones que, de combinarse con buenos precios agrícolas, permitirían sostener el frente externo hacia el 2027. Obviamente esto supone que no se acelera la compra de dólares para atesoramiento, que no se generan turbulencias a nivel internacional, y que el atraso salarial continúe como parte del “ancla” antinflacionaria. 

Las chances de un tal escenario optimista se reducen cada día, y más allá de las bondades macroeconómicas del superávit fiscal, los pesos no son dólares. Pero tampoco cabe apostar a que las inconsistencias conduzcan de modo invariable al fracaso del gobierno (solo habría que esperar que se precipiten los acontecimientos y reorganizarse para el regreso).

La derecha ha encontrado una oportunidad única: una parte importante de la sociedad eligió a un fanático que busca desmantelar el Estado, modificar radicalmente el aparato productivo, las relaciones de fuerzas sociales, la inserción externa y el posicionamiento en las relaciones internacionales. Por lo tanto, los potenciales ganadores utilizarán todos los recursos a su alcance para evitar que una crisis prematura interrumpa dichas transformaciones. El voluntarismo tampoco funciona a su favor, y si bien cuentan con el apoyo de Trump, y parcialmente de China, deberán ser capaces de coordinar incentivos para sostener los frágiles equilibrios del sector externo. Sin dudas, también pesan las expectativas, motivo por el cual en estas elecciones intermedias hay demasiado en juego, y es crucial erosionar el poder político del gobierno para minimizar las chances de prolongar su proyecto de entrega de la soberanía y alineamiento incondicional con EE.UU., desindustrialización, desguace de capacidades del Estado, vulneración de derechos y necesidades sociales, creciente fragmentación y exclusión social. Frente a esto, se requiere una propuesta superadora de etapas anteriores, que realice una autocrítica genuina sobre las inconsistencias que llevaron a su agotamiento.


Ramiro Bertoni es docente e investigador en UN de Quilmes y UN de San Martín, y profesor de otras Universidades Nacionales. Miembro del IADE y del GT de CLACSO sobre Propuestas para la Integración Regional.

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