Reflexiones sobre el populismo

Reflexiones sobre el populismo

Humberto Zambon | 

Las palabras pueden tener más de un significado (ser polisémicas, dicen los lingüistas), significado que suele variar en el espacio y en el tiempo. Este no es un problema exclusivo del hablar cotidiano, sino que afecta también a las ciencias, en particular las sociales. 

Por ejemplo, “liberal” en Estados Unidos es un ciudadano progresista, de izquierda; en cambio, en América Latina, es de derecha, un defensor del libre mercado, que pone reparos a las políticas redistributivas del Estado. Algo parecido ocurre con el término “populista”; en Europa se refiere al integrante de un movimiento de extrema derecha, vagamente anti-sistema, contrarios a la Unión Europea y que, con posiciones xenófobas, denuncian el peligro de las migraciones para la identidad nacional. Este significado se extendió a Estados Unidos, donde la prensa norteamericana suele calificar a Trump de “populista”, lo mismo cuando los norteamericanos hablan de Bolsonaro en Brasil.

En cambio, en América Latina, el término refiere a movimientos progresistas y antimperialistas que surgieron en la segunda mitad del siglo XX y que rescataron la lucha por la equidad en la distribución del ingreso y la justicia social (peronismo en Argentina, varguismo en Brasil, el cardenismo en México, etc.) y que reaparece a principios del corriente siglo (Chávez de Venezuela, Lula del Brasil, Evo Morales de Bolivia, Correa del Ecuador y Néstor y Cristina Kirchner de Argentina). 

Hay una evidente contradicción entre este populismo latinoamericano y el europeo, de extrema derecha. Por esa razón el papa Francisco ha dicho: “Cuando oía populismo acá (Europa) no entendía mucho, me perdía, hasta que me di cuenta de que eran significados muy distintos según los lugares. Allí, en América Latina, significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo, el de los movimientos populares. Se organizan entre ellos… es otra cosa”. Y en una de sus primeras encíclicas como pontífice dice, en forma coincidente con el populismo latinoamericano: “No a la economía de exclusión; no a la nueva idolatría del dinero; no a la inequidad que genera violencia”, o, en su visita a Bolivia, también coincidió cuando hizo suyo el reclamo de las 3 T (Tierra, Techo y Trabajo).

El australiano Benjamin Moffitt (“Populismo, Guía para entender la palabra clave de la política contemporánea”), tratando de superar la contradicción anterior y, buscando elementos comunes en ambos, definió al populismo como un estilo político con tres características principales:1) un llamamiento a “el pueblo” frente a “la élite”; 2) “malos modales”, con lo cual se refiere a actuaciones políticas transgresoras; y 3) el carácter de crisis o amenaza para el establishment”; según Moffitt, estos actores políticos tienen ideologías distintas pero utilizan un estilo político populista para transmitir su mensaje tratando de modificar la realidad. Para él, entonces, la dicotomía “izquierda -derecha” es más importante que la parte ‘populista’ para definir una política.

Según el historiador Ezequiel Adamovsky, el término “populismo” se origina en Rusia con un movimiento socialista que sostenía la necesidad de apoyarse en el pueblo, que en ese país serían los campesinos el principal sujeto de la revolución, mientras que las comunas y tradiciones rurales podrían constituir la base para construir, a partir de ellas, la sociedad socialista del futuro. El populismo ruso tuvo un importante desarrollo numérico y participó activamente en la caída del zarismo, aunque entró en conflicto con los soviéticos y desapareció. En forma independiente surgió en Estados Unidos a partir de 1891 (“Partido del Pueblo”), apoyado en los campesinos pobres, con ideas progresistas y antielitistas que tuvo una vida política muy breve. Tanto en Rusia como en Estados Unidos, para combatirlos, la derecha usó el término “populista” con carácter peyorativo. 

Según Adamovsky, el término renace en la década de los ’50, época en que apareció un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos, como el peronismo, de marcado antiimperialismo y de lucha por una mayor justicia social; esto fue recibido, en los países centrales, en particular la academia, en forma muy negativa. Así, en esta línea, los economistas Dornbusch y Edwards compilaron en un libro titulado “Macroeconomía del populismo en América Latina” (FCE, 1982), diversos trabajos que, en síntesis, opinan que el populismo latinoamericano tiene una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”. Por esas razones, la conclusión es que el populismo estaría condenado al fracaso.

Al finalizar la segunda guerra y hasta mediados de la década de los años ’70 el capitalismo vivió un período excepcional basado en el desarrollo industrial; es que, como demostró el economista holandés Verdoorn (1949), la tasa de crecimiento de la producción industrial es, aproximadamente, el doble que el de la ocupación industrial. Como el concepto de productividad es el cociente entre la cantidad producida y las horas de trabajo insumidas, esto significa que el desarrollo industrial está acompañado por un importante aumento de la productividad o, lo que es lo mismo, la industria presentaba rendimientos crecientes a escala (contradiciendo así la teoría económica neoclásica) [1].

Lo que ocurre es que, al aumentar el nivel de la producción la fábrica puede aumentar la división y la especialización en el trabajo, la mecanización y el proceso de aprendizaje, incrementando la productividad del trabajador. Pero sus efectos no se limitan a los aspectos internos de la firma, sino que se extienden por fuera, en lo que se conoce como “economías externas”: el crecimiento industrial, por sus encadenamientos hacia atrás y hacia adelante, afecta positivamente a toda la economía, permitiendo la incorporación del progreso técnico, mientras crea la necesidad de mejor infraestructura, de formación de mano de obra y de educación en general, con un alto efecto multiplicador. El crecimiento industrial genera un proceso circular de causa-efecto que tiene carácter acumulativo; el cambio cuantitativo (cantidad producida) produce cambios cualitativos en toda la economía.

En Europa occidental la clase trabajadora tenía una tradición de formación política y lucha de más que un siglo y medio (desde el “Manifiesto de los iguales”) incluyendo la constitución de sindicatos, organizaciones internacionales y participando de revoluciones sociales, de forma que se aseguraron su participación en la distribución de ese incremento de la riqueza: aumentaron las ganancias pero también los sueldos y los beneficios sociales (reducción del horario de trabajo, vacaciones pagas, acceso a la salud y a la educación, facilidades para acceder a una vivienda digna, etc.). El instrumento político fue lo que se conoce como socialdemocracia, desde el gobierno o como primera oposición.

Las primeras migraciones de trabajadores a América trajeron esas prácticas e ideales (anarquistas y socialistas, más tarde los comunistas, estalinistas o trotskistas) y fundaron bibliotecas, sindicatos y cooperativas. 

En América Latina la crisis de los años ‘30 y la guerra mundial sirvieron de barrera para iniciar la industrialización tardía basada en la sustitución de importaciones (ISI) que hasta cierto punto replicaron al europeo. Pero la clase trabajadora que lo protagoniza es la de origen rural que se traslada a los nuevos centros industriales (en Argentina el gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario, etc.). y que no tenía la formación ni la tradición política de la europea. Esa clase encuentra en el populismo a su expresión política. El populismo en América Latina cumple la misma función política que la socialdemocracia en la Europa occidental.

A mediados de los años ‘70 hubo un avance mundial del neoliberalismo pero las condiciones objetivas (fracaso del neoliberalismo, irrupción en el mercado mundial de China, y, en menor medida, de India, demandando alimentos y materias primas y, en el plano interno, el avance en la integración económica regional, tipo Mercosur)   permitieron, a comienzos del presente siglo, que en América Latina resurgieran movimientos progresistas y antimperialistas que rescataron la lucha por la equidad en la distribución del ingreso y las banderas de la justicia social de los antiguos movimientos populistas (Partido de los Trabajadores en Brasil, socialismo en Bolivia y Venezuela, peronismo en Argentina).

Reiteramos, el populismo en América Latina ha cumplido un papel histórico similar al de la socialdemocracia en la Europa de postguerra: desarrollar la economía acompañada de justicia social y una mejor distribución del ingreso; es decir, humanizar las relaciones de producción capitalista. 

Como dice Pablo Feinmann (en “Una filosofía para América Latina”), “el populismo latinoamericano, tan denostado por todos los civilizados del neoliberalismo, está visto como una nueva restauración de la unidad de América Latina” o, según opinión de Laclau, (“La razón populista”) es la radicalización de la democracia.

Todo parece indicar que en América Latina se está iniciando una nueva ola progresista, empezando por México y algunos países de Centroamérica y, en América de Sur, Brasil, Venezuela, Colombia, Uruguay, Bolivia, Chile. En esta construcción, el populismo latinoamericano tiene mucho para aportar.


[1]  Las reflexiones de éste y el siguiente párrafo sobre el fenómeno de la industrialización pueden ser ampliadas en nuestro artículo “El ‘industricidio` de Milei” publicado en el N° 8 de La Cigarra. 

Fotografía: Francisco Proner

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