Humberto Zambón |
La microeconomía tradicional se funda sobre el supuesto de un sujeto ideal, abstracto, representativo de los actores económicos, al que llamaron homo económicus. El origen de la idea se puede rastrear en Adam Smith y, fundamentalmente, en John Stuart Mill, aunque los que lo adoptaron con mayor entusiasmo fueron los de la llamada “Escuela austriaca” que, encabezados por Carl Menger (finales del siglo XIX), incluye, como figuras más representativas a Ludwig von Mises y Friedrich Hayek y al que se declara seguidor, Javier Milei. También adhirieron Jevons, Walras y Pareto, que, con Menger, conforman la base de la actual ortodoxia económica.
De todas formas, quien le dio las características específicas fue Lionel Robbins, en pleno siglo XX: es un ser que actúa racionalmente, teniendo información y conocimiento completo y está movido por su propio interés y deseo de riqueza. Con recursos limitados y con restricciones conocidas, efectúa las decisiones racionales de forma tal que, como consumidor, procura maximizar su satisfacción (que se denomina utilidad) y, como productor o empresario, busca maximizar la ganancia.
El homo económicus parte de dos supuestos sobre el hombre: 1) que es individualista, competitivo y profundamente egoísta y 2) que es un ser racional.
¿Hasta qué punto el homo economicus es representativo de la naturaleza humana? La pregunta no es retórica porque, tomando como axioma la respuesta positiva a la misma, se ha edificado la teoría microeconómica tradicional e, inclusive, se ha procurado fundamentar el análisis macroeconómico. Y, algo más grave, el neoliberalismo pretende, en los hechos, subordinar la política a la economía, con lo que el homo economicus se ha convertido en la base indiscutible del modelo cultural que utilizan para entender el funcionamiento de la sociedad.
La idea que subyace atrás es que el hombre es un animal profundamente egoísta y competitivo al que se le ha agregado, como elemento distintivo, el poder de la racionalidad. Es una idea muy extendida en la civilización occidental: por ejemplo biólogos como Thomas Huxley han sostenido que la base humana es egoísta y asocial a la que se la ha agregado una débil “capa” cultural (corresponde al dicho: “arañen a un altruista y sangrará un hipócrita”), también se podría citar a Freud, que ve la civilización como una renuncia a los instintos, y también a la teoría del contrato social, que parte de sujetos individualistas que renuncian a parte de sus derechos naturales para vivir en sociedad. La mejor síntesis de esta posición es la conocida frase de Thomas Hobbes, tomada de un antiguo proverbio romano: “el hombre es lobo del hombre”.
Sin embargo, la biología y etología contemporánea tienden a rechazar esta concepción. Así, el conocido biólogo Frans de Waal en su libro Primates y filósofos (2006), sostiene que esa frase de Hobbes contiene dos grandes errores: 1) “no hace justicia a los cánidos, que son unos de los animales más gregarios y cooperativos del planeta” y 2) “niega la naturaleza intrínsecamente social de nuestra propia especie”. Para este autor no existe un momento histórico en que devenimos sociales; por el contrario, descendemos de ancestros altamente sociales y siempre hemos vivido en grupos como estrategia de sobrevivencia. Basta observar a nuestros parientes no humanos, como los chimpancés y otros primates, inclusive a los demás mamíferos, para verificar que la sociabilidad, la cooperación y rasgos de altruismo tienen un origen biológico en la evolución.
Lo prueba la paleontología. Por ejemplo, David Benito en su “Historias de la prehistoria” cuenta del hallazgo en el año 2003 de una mandíbula sin dientes, pero perfectamente cicatrizada, de un homo erectus (especie que habitó hace unos dos millones de años). La cicatrización muestra que sobrevivió muchos años sin dientes, y la explicación lógica es que lo logró gracias a la solidaridad de sus congéneres. Y también el caso del homo heidelbergensis de 500.000 años de antigüedad encontrado en Europa, con un antiguo y fuerte desgaste de huesos, que seguramente tenía dificultades para caminar; en un grupo nómade necesitó de la ayuda solidaria para sobrevivir.
Se puede decir, con de Wall, que somos una especie obligatoriamente gregaria. (La sociabilidad se ha vuelto cada vez más arraigada en la biología y psicología de los primates, incluido el homo sapiens).
Tampoco el segundo supuesto, el de la racionalidad absoluta, es cierto. Dice de Wall: “Celebramos la racionalidad. Y lo hacemos pese que las investigaciones psicológicas sugieren la primacía del afecto: es decir, que el comportamiento humano deriva ante todo de juicios emocionales rápidos y automatizados y solo secundariamente de procesos conscientes más lentos“. Por ejemplo, como consumidores, todos nosotros tomamos cotidianamente decisiones de compra y generalmente lo hacemos sin mucho meditar, movidos por la costumbre, por el impacto de la publicidad o influidos por el actuar de amigos o conocidos.
Por otro lado, los antropólogos han demostrado que en las sociedades tradicionales, como las prehispánicas en América, no existen sujetos que cumplan las pautas del homo económicus sino que priman las conductas asociativas y cooperativas.
Es decir, se ha tomado para construir la abstracción homo económicus al hombre de un período muy limitado de la historia humana, la del naciente capitalismo (en especial al empresario) y a su resultado se lo ha pretendido universalizar.
Y el neoliberalismo lo asumió como base de su modelo cultural
Margaret Thatcher decía que no hay sociedad; lo que hay son individuos. Es decir, un conjunto de individuos aislados y egoístas, en permanente competencia entre sí.
Para la cultura neoliberal la democracia se ha desfigurado: no es más el gobierno del pueblo ni el cumplimiento de la voluntad de la mayoría ciudadana. Ya que no hay ciudadanos, sino potenciales clientes; las elecciones serían, simplemente, el cumplimiento del pensamiento de Carlos Pellegrini “la política es el arte de engañar a ese gran niño que se llama pueblo”.
Para las elecciones los ideólogos políticos y sus programas de gobierno dejaron el lugar a los especialistas de marketing, que pueden vender jabones, automóviles o candidatos, en campañas que cuestan millones. Por ejemplo, en Estados Unidos para ser candidato con posibilidades ciertas es necesario ser millonario o, al menos, estar al servicio de millonarios. Más que democracia es una plutocracia.
De todas formas, si los biólogos y antropólogos contemporáneos están en lo cierto, el neoliberalismo no sólo ha mostrado su fracaso en la aplicación práctica, sino que todo el edificio teórico elaborado a partir del supuesto del homo económicus tendría cimientos de barro.
En otras palabras, el hombre –como especie- no es por instinto un ser egoísta y asocial sino todo lo contrario: es cooperativo y solidario. En este caso podemos dar confiados la guerra cultural que planteó Milei: podemos y debemos y aspirar a una sociedad democrática y que se organice con relaciones de producción y distribución que respeten la naturaleza humana.
EL NEOLIBERALISO Y EL MATEVarios viajeros han señalado como característica positiva de los habitantes del Cono Sur de América (Argentina, Uruguay, Paraguay y sur de Chile y de Brasil) las “puertas abiertas” de sus viviendas. En los países del occidente desarrollado se suele resguardar la intimidad del hogar; aquí, por el contrario, es habitual el “venite a casa y charlamos”. Es una consecuencia cultural del hábito de tomar mate. En la cultura neoliberal el tiempo es oro; las personas siempre están apuradas: si pertenecen al grupo mayoritario que necesita dos empleos para llegar a fin de mes, está sometido a una esclavitud contemporánea que supera las 12 horas diarias de labor y no puede perder tiempo. Y si pertenece a la minoría de “éxito” tampoco puede perder tiempo porque la competencia los pasa por encima. Todos están muy ocupados acumulando bienes que no necesitan ni nunca van a precisar, pero que (por marca o modelo) indican su éxito en la vida. La bebida típica del neoliberalismo es el café. Por ejemplo, si se encuentran dos amigos en la calle que hace tiempo que no se ven, lo lógico en esta sociedad es invitarse a tomar un café en el bar cercano y allí se genera este interesante diálogo: “-¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás? -Bien ¿Y vos? -Bien. Tenemos que juntarnos a charlar -Cierto. Un día de estos te llamo -Bueno. Chau -Chau” Y en tres minutos y medio han tomado el café y “charlado” y los dos salen ligero, a recuperar los tres minutos y medio perdidos. Porque están tan ocupados que no pueden perder tiempo (que, repito, es oro) para charlar con los amigos, pasarlo con la familia, leer un libro… para vivir. La cultura neoliberal ha logrado convertir en realidad la pesadilla de Aldous Huxley en “Un mundo feliz”: el instalar “una dictadura perfecta …(con) la apariencia de democracia”, una especie de “prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían la servidumbre”. En cambio, en el Cono Sur de América, la invitación mayoritaria no es a tomar un café sino “venite a tomar unos mates”. Y el mate no se toma en bares o confiterías sino en la casa de uno y necesita tiempo, tiempo para prepararlo, para calentar el agua y para beberlo en sucesivos turnos. Además, el compartir el mate y la bombilla crea una relación de comunidad distinta, es la materialización de la sociabilidad innata de nuestra especie, lo opuesto al individualismo egoísta y enfermizo del “sálvese quien pueda” neoliberal. Además, los partícipes pueden tener ideas opuestas, pueden polemizar y discutir, pero, compartiendo un mate, es impensable una pelea irracional o un insulto al contrincante, eso que tanto agrada a Milei y a su gente. Fontanarrosa decía que el mate es lo opuesto a la televisión: si estás acompañado te ayuda a conversar; si estás solo, te ayuda a pensar. Es cierto. Y yo agregaría que la cultura del tomar mate es lo opuesto a la cultura neoliberal. ¡A tomar mate! ¡Y a resistir! HZ |
