La última vez que lo vi a Fernández

La última vez que lo vi a Fernández

Juan Carlos Mondejar /

Fue esa señor. Como le acabo de contar, lo conocía, digamos que bastante.

Era mi vecino, vivía a dos casas de la mía, así lo conocía.

Pero, disculpe, ¿por qué me cita usted acá?

Ya pasaron como tres años de aquello, ¿qué puedo decirle yo?, vaya a saber dónde andará ese hombre.

¿Cómo que apareció muerto?

¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Dos días?

No, no sabía que hubiera vuelto a su casa.

Claro que no supe más nada desde aquella vez.

Está bien, si tanto le interesa le cuento de nuevo lo que sé. No gracias, hace mucho que dejé, un vaso de agua me vendría bien, tengo la garganta seca.

Yo lo conocí cuando me mudé al barrio. Hace unos quince años. Era medio renguito, lo veía pasar todos los días, aunque, como la calle en la que vivíamos era tan despareja, a veces me parecía que caminaba bien.

Entre los vecinos se decía que era médico. Siempre llevaba un portafolio de cuero, de esos que venían antes, llenos de bolsillos y hebillas, por el pliegue de la tapa asomaba algo que parecía un guardapolvo, y una vez le colgaba algo como una manguerita negra, era un aparato de los que usan los médicos para escuchar el corazón. Estetos no sé qué.

En una oportunidad, lo llevé al centro con el auto. No habló una palabra en todo el viaje. Lo dejé donde me pidió, en una esquina cerca de tribunales que según él le quedaba bien para ir a su consultorio.

¿Muy golpeado estaba? Si se puede preguntar.

No, no tengo idea quien pudo hacerle eso señor.

Por ahí se cayó del techo, siempre se lo veía ahí arriba arreglando algo, o en un árbol podando alguna rama.

No, no era ni ágil ni atlético. Como usted dice. ¿No le dije que era medio renguito? O parecía.

A mí me daba un poco de lástima. De vez en cuando, los fines de semana, lo veía trabajando en el cerco o en la vereda y me acercaba a charlar con él, pero no se podía hablar mucho, no había de qué. De todas maneras se notaba que el apreciaba mi gesto. 

La familia era igual. Me parece que tenía tres hijos, dos mujeres y un varón que debía ser el mayor. A la mujer nunca la escuché más que quejarse y discutir con él. Cuando me acercaba a conversar, ella se ponía del otro lado de la reja, le daba indicaciones y le pedía que conversara menos, que no perdiera el tiempo. Yo me iba. Él dejaba las herramientas apoyadas por ahí y al rato desde mi casa, lo podía ver arriba del techo.

En esos días, alguien se mudó en esa casa. No, no a la casa, alguien se mudó en esa casa. Él estaba cortando el cerco, yo me arrimé a charlar un rato y me contó que estaban de mudanza, para aclararme en el acto que no era él quien se mudaba, pero sin decirme quien se iba o venía. Me preguntó si le podía dar una mano con unos libros y llevárselos en el auto.

Al otro día pase a cargarlos, eran tantos que él no pudo venir conmigo, así que me indicó una ruta y aquella esquina cerca de tribunales para que lo esperara.

Apareció como a las dos horas en una camioneta que llevaba el resto de la mudanza, él subido a la parte trasera. Desde ahí me hizo una seña para que los siguiera. Iba entre sillas, mesas de luz, canastos de mimbre y también un colchón. Nos metimos por un barrio que no conocía con calles de tierra, iba mirando hacia adelante por arriba del techo. Los pocos pelos que tenía se le alborotaban con el viento, parecía estar disfrutando mucho, la camioneta dobló por una avenida ancha y comenzó a tomar cada vez más velocidad.

Íbamos como a 80 por hora.

El colchón se movía y Fernández lo sujetaba firmemente, o quizás se aferraba a él.

De pronto se elevó y pasó por encima de mi auto, pude ver desde donde estaba que Fernández iba agarrado del borde del colchón y miraba hacia adelante.

No, no parecía asustado. El colchón con Fernández arriba, casi al comando, hizo un cerrado viraje, lo perdí de vista detrás de unos árboles y no supe más de él. Tampoco pude enterarme nunca quien iba en esa camioneta.

Tengo todos sus libros en casa, señor.

Esa fue, como le decía, la última vez que vi a Fernández.

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