El trabajo: entre la sumisión y la autonomía

El trabajo: entre la sumisión y la autonomía

Carlos La Serna | 

Una apretada síntesis de la historia del trabajo bajo el capitalismo exige reparar en el artesanado, estadio previo que comportaba el dominio total del artesano sobre su actividad. El carpintero, por caso, ayudado por el aprendiz y de acuerdo a un plan que guardaba en su conciencia, trozaba la madera e iba dando forma a un producto final preconcebido. Herramientas, procesos y producto eran el resultado de una modalidad autónoma y creativa de trabajo. 

Este sujeto, cuya mente y cuerpo hacían del trabajo un proceso auto regulado, fue cediendo frente al avance del comercio. Su trabajo es progresivamente dividido dando origen a la Manufactura, fase ésta que comportaría la reunión en un mismo espacio de un grupo de artesanos, que fueron así especializándose en dichos segmentos productivos. Esta primera transformación del trabajo comporta el ingreso del capital comercial con fines de adquisición de materias primas y herramientas como de incremento de la producción. Este proceso devino en hito decisivo a la conversión capitalista del artesanado.   

A esta primera expropiación del trabajo, sigue aquella que sustituye las herramientas por las primeras máquinas, la fuerza física por el uso de la energía, con lo cual se consolida la intervención externa sobre el proceso productivo. Nuestro carpintero deja progresivamente de dominar no ya el proceso total, que perdiera con la Manufactura, sino aquella operación que le había sido asignada. La maquinización propia de la segunda revolución llevará a la producción en serie bajo la forma del fordismo y al taylorismo que racionalizará los tiempos y movimientos, rentabilizando aún más el trabajo dividido (1). La automación y la digitalización materializan luego un avance tecnológico que profundiza la asimetría de poder que nace con la Manufactura, asimetría de la que habla la inacabada historia de luchas políticas y económicas, unas por introducir cambios, otras por transformar de raíz tal relación. 

Tal conflictividad, creciente en su expresión intelectual y política, se materializa en la crisis del régimen de libre mercado que, fruto de la concentración y la especulación bursátil, llevará al crack de los años 29/30 generando las condiciones para la instauración de una perspectiva que con base en la alianza entre sindicatos, partidos y asociaciones empresarias, cuajará en el Estado de Bienestar. Sus cuatro décadas de vigencia (1935/1975), sostenidas por procesos de integración social y política, no lograrán sin embargo afectar el poder de los grupos económicos concentrados, más allá de las regulaciones e intervenciones estatales que le fueran propias. 

Mundialización financiera de por medio, el capitalismo contrarrestará los logros de estos cursos alternativos que favorecieran la posición del trabajo y de los trabajadores. En Latinoamérica vía la intervención militar, en el caso argentino desde la denominada Revolución Libertadora a la dictadura de los años 1976/83, que no casualmente hiciera del sindicalismo combativo un principal objetivo de su violencia genocida. Se retomará así el imperativo sistémico de sumisión del trabajo, mediante una política que junto a la represión, suspende el derecho a huelga, prohíbe la actividad gremial, interviene los sindicatos, congela salarios, flexibiliza condiciones laborales. 

No obstante su poder, este neoliberalismo terrorista con pretensiones refundacionales (2) entrará en una crisis en la que tuvo mucho que ver el activismo de los organismos de derechos humanos. El retorno a la democracia permite el desarrollo de una década (2003/2013) de intervención estatal que favoreció el crecimiento del empleo, la disminución del desempleo (que pasó del 20% al 6,7% de la PEA), el incremento sostenido de los salarios, alentando ello una demanda que impactó en el crecimiento de la producción. Se aplicaron así mismo políticas de inspección del trabajo, de formación profesional, de promoción de las instancias colectivas de negociación en torno a la distribución del ingreso y las condiciones de trabajo. De envergadura fueron también el juzgamiento de las responsabilidades represivas de la dictadura, una sistemática política de derechos humanos, la democratización de la justicia, el pago de la deuda externa, el establecimiento de fuertes retenciones a las exportaciones, el impulso a la unidad latinoamericana. Estos trascendentes avances aquí sólo aludidos, no alcanzaron a la legislación de entidades financieras o al control del extractivismo, cuyos sectores ganados por el capital transnacional asumían un marcado rol en la marcha de la economía.

La reforma laboral que opera la LLA se encuadra en esta historia de cuyo sustrato es la resistida pretensión de subsumir al trabajador al poder económico. Desde su lógica neo totalitaria la estrategia es repetida. Apela a la represión de la protesta, a la par que construye mayorías parlamentarias ancladas en coerciones y negociaciones económicas no sólo institucionales, también partidarias y personalísimas, al tiempo que su activismo refundacional genera constantes iniciativas que operan como pantallas en la disputa política. El debate democrático es negado en favor de un proyecto que transformará de manera drástica las relaciones laborales y las condiciones materiales y subjetivas del trabajo. El reconocimiento que las democracias avanzadas hicieran del carácter estructuralmente asimétrico de las relaciones económicas se desconoce en tanto proceso político que generara los derechos a protecciones y a condiciones dignas de trabajo, remuneración, progreso, sindicalización, prerrogativas éstas que incluyen la construcción de formas de trabajo asociativas, cooperativas, que eluden la coerción del trabajo mercantilizado.   

Pero a esta regresiva y agresiva reforma le ha explotado, entre otros numerosos casos, el cierre de una empresa como Fate y la puesta en la calle de sus más de 1.500 trabajadores directos e indirectos. Esta empresa que sobrevivió a las más diversas crisis, no logró superar el programa libertario que en dos años desarma sin restricciones relevantes las protecciones frente a la competencia internacional. Diversos estudios (véase Peter Evans, 1996) muestran el modo en que el ingreso a la mundialización se reguló mediante una estrategia selectiva que limitó la apertura a aquellos sectores con condiciones de competir, a la vez que estableció programas de protección y desarrollo para los que requerían actualización. Esta situación que hubiera sido posiblemente el caso de Fate y de su personal que sucumben frente a la apertura indiscriminada al capital transnacional, política esta sin duda coherente con la estrategia de primarización y extractivismo, que constituye, junto a negociados de magnitud de su cúpula gobernante, la gran política libertaria de integración subordinada al “resurgimiento americano” que Trump empuja, arrasando con soberanías políticas y económicas (Gaza, Venezuela, Irán) y así con las legítimas demandas y aspiraciones de trabajadoras y trabajadores.  


  1. El control sobre el trabajador en el proceso productivo seguiría así tras diversas olas tecnológicas (automación, digitalización, tecnologías de información y comunicación, etc.).
  2.  Que emula el régimen libertario en curso.

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