Luego de caracterizar el capitalismo de bienestar y la emergencia de un capitalismo financiero, se discurre sobre las respuestas a la crisis en curso. | Humberto Zambón
Es sabido que hubo un período dorado para los países capitalistas que va desde la segunda guerra hasta los años ’70, en el que hubo una expansión continua de la economía mundial, prácticamente con ocupación plena, basada en el aumento del ingreso real de los trabajadores (los sueldos crecían al mismo ritmo que el aumento de la productividad del trabajo) y el incremento del gasto del estado en lo que se denominó “sociedad de bienestar”, que aseguraba un crecimiento de la demanda que absorbía toda la producción y daba garantías para el éxito de nuevas en inversiones.
Con la crisis del petróleo, entre otros factores, ese escenario cambió. Disminuyó la tasa de ganancia y para recomponerla los capitalistas de los países centrales dejaron de invertir productivamente en sus países. Por un lado, dedicaron parte del excedente a especular financieramente y, por la otra, buscaron localizaciones para sus inversiones con mayor rendimiento, bien por menores impuestos, falta de reglamentación del daño ambiental o, fundamentalmente, por menores salarios. El capital fue primero a México, con las famosas maquiladoras de la frontera, luego a los países del este europeo, a las ex “democracias populares”, y finalmente al este asiático, especialmente China.
Los salarios nominales se estancaron por la competencia externa, la desregulación laboral, la aparición de la desocupación, la disminución del poder sindical y el aumento de la inmigración, legal e ilegal. En los Estados Unidos en la década 1997-2007 los salarios reales cayeron en promedio un 20% por efecto del aumento de precios, mientras que el aumento de la productividad del trabajo (estimada aproximadamente en un 3% anual) fue íntegramente a incrementar las ganancias y a volver más inequitativa la distribución del ingreso.
¿Y qué pasó con la demanda? Para sostenerla se intensificó la publicidad y los incentivos para el consumo, mientras que una parte creciente de las ganancias fue volcada a su financiación: con tasas de interés muy bajas, el grueso de la población incrementó su nivel de gasto en consumo endeudándose con tarjetas de crédito, compra en cuotas, etc. En Estados Unidos, mientras el PBI en los años 2000 crecía a un promedio del 2,4% anual, el crédito al consumo lo hacía al 8%. Simultáneamente se produjo un “boom” inmobiliario basado en préstamos hipotecarios a largo plazo y muy bajo interés, con un gran componente especulativo: entre el 2000 y el 2006 el valor de los inmuebles creció un 88%.
Tanto en Estados Unidos como en Europa la demanda creció en función de un mayor endeudamiento. Se reemplazaron los ingresos genuinos por montos crecientes de deuda.
En 2007-2008 la “burbuja” financiera explotó y la crisis se extendió a Europa; los bancos tuvieron problemas para recuperar sus créditos y ante la amenaza de una crisis bancaria los estados se endeudaron para salvar a los bancos. El resultado es que actualmente el capitalismo central, por su propia dinámica interna, se ha convertido en una sociedad civil muy endeudada, con estados también excesivamente endeudados, algunos bordeando la insolvencia, con una economía estancada, con desocupación creciente y una distribución del ingreso muy inequitativa.
A partir de los años ’70, el poder se ha ido desplazando del sector productivo de la sociedad hacia el sector financiero. Fue el nacimiento del neoliberalismo como ideología dominante y la aparición de un nuevo modo de acumulación asociado a la globalización capitalista, de un nuevo sistema de explotación del trabajo que se asienta en la desigualdad social creciente.
De golpe se ha producido una explosión del sector rentístico de la economía, que Yanis Varoufakis, ex ministro de economía de Grecia, llama “tecnofeudalismo”, una transformación del capitalismo industrial que ahora aparece dominado por las plataformas digitales, que nos convierte en una especie de siervos del medioevo, donde el capital no busca el beneficio sino la pura extracción de rentas.
El razonamiento de los nuevos capitalistas es el siguiente: si se puede ganar mucho dinero especulando con dinero o con derechos de toda índole, tanto sobre tierra, recursos naturales o intelectuales (patentes), sin personal o empleando a muy pocos trabajadores ¿Para qué molestarse en producir?
También David Harvey, destacado geógrafo y teórico social inglés, se ha ocupado del tema. Su tesis “es que el sector financiero y el circuito de mercancías opera según un principio de acumulación por desposesión, porque lo que hacen es utilizar su control sobre las mercancías o su control sobre la moneda para detraer una tasa, una tasa que arrebatan a los trabajadores”.
“Para Harvey la desposesión, que denomina asimismo “atraco”, está presente en toda la economía neoliberal.”
Como ejemplo de lo que es la acumulación por desposesión, Harvey pone el caso de WalMart, que obtiene elevadísimas ganancias sobre la base de subcontratar a los productores chinos que, a su vez, obtienen tasas de beneficio muy bajas. En el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, podríamos hablar del productor frutícola que recibe un importe mínimo por sus productos, los que luego son vendidos al público a un precio muy elevado; las grandes cadenas comerciales oligopólicas -muchas de capital extranjero- y algunos intermediarios obtienen grandes ganancias, no por el trabajo o la producción directa, sino por la “desposesión”, por la quita de lo que corresponde legítimamente al productor. Y la desposesión no alcanza solamente al productor sino también a todos los trabajadores del sector, ya que al minimizar el precio de la producción primaria impiden la mejora de las condiciones de vida de todos los involucrados.
Hay que tener en claro que para Harvey la ganancia tiene su origen en el sector productivo. Pero ahora es realizada, apropiada, por el sector financiero y un sector comercial oligopólico y especulador, muchas veces transnacional. Su tesis, por la conclusión, podría verse como una vuelta a los socialistas utópicos de principios del siglo XIX, que sostenían que “la ganancia es un robo”.
Para Harvey la desposesión, que denomina asimismo “atraco”, está presente en toda la economía neoliberal. Y enumera: “también existen formas de atraco directo cuando se suprimen las pensiones de jubilación, se recortan los derechos a la salud o cuando un bien gratuito producido hasta ahora por el Estado se vuelve oneroso, como por ejemplo la Universidad y la educación en general”, que en Inglaterra era gratuita y ahora es paga. O cuando se quitan o recortan subsidios al transporte urbano o a los servicios esenciales que se prestan al hogar y a grupos sociales que lo necesitan, como son el agua, gas y electricidad.
Es evidente que hemos iniciado una nueva etapa del sistema económico, llámeselo “capitalismo financiero”, “capitalismo por desposición” o “tecnofeudalismo” (hay que aclarar que para Varoufakis no se trata de una etapa sino de un nuevo sistema, de otras relaciones sociales de producción, que corresponden al avance tecnológico digital); pero esta nueva etapa arrastra una gran contradicción de origen: el sistema económico necesita mantener e incrementar la producción, lo que requiere demanda ya que, como dijo Marx, “sin producción no hay consumo pero sin consumo tampoco hay producción”. ¿Cómo hacer para que masas endeudadas y desocupadas aumenten su gasto en consumo? ¿Qué hacer para impulsar la demanda y superar la crisis?
Se podría pensar en una solución racional a nivel global; por ejemplo, reestructurar las deudas públicas y privadas de forma que se vuelvan fácilmente pagables (lo que significaría una pérdida para el sector financiero, que tuvo enormes ganancias en el pasado) acompañado de una fuerte redistribución del ingreso a favor de los sectores más desprotegidos, lo que multiplicaría al consumo y, por lo tanto, a la demanda efectiva.
Pero no resulta creíble que las clases dominantes acepten una solución de este tipo. ¿No habrá llegado el momento de pensar en otro sistema, esta vez basado en la solidaridad y equidad social?.
