Mónica Flores |
Toda la noche ha escuchado el tembladeral de la lluvia sobre los techos. Pensó que así celebraba el cielo sus veinte años. La inquietud le revolvía las sábanas. Fue hasta el baño, por la ventanita que da al jardín un aire nuevo silbó sobre su cuello. La luz de la calle, borrosa caía sobre el jazmín salpicado de blancos. Veinte años, otra vez. Relucientes veinte años.
Borrar hacia atrás las tachaduras, los desgarrones. Limpiar las huellas. Ventilar la habitación, la que había vivido como celda, como una larga noche de insomnios. Abrir cada ventana de su cuerpo. Frotarse los huesos. Des amarillar los dientes. Juntar el agua del cielo para lavar sus rincones maltrechos. ¿Podía?
Al principio contaba los días. Las semanas. Han pasado seis meses. Después de la sequía, la horrenda sequía de un cerebro que estallaba de reproches, de maldiciones sobre sí mismo. Un cerebro imparable. Detestable. Y siempre el mismo referente equivocado. Su padre.
No podía dejar la infancia. Cómo se escala, cómo se salta de los siete años a los dieciséis. La edad de la responsabilidad, aseguran los chinos. Nunca lo supo. Eso no se sabe. Sucede.
Los psiquiatras, los psicólogos, las ensoñadoras. Había probado todo. A solas. Las pastillas con receta y sin, la cocaína cada día y el alcohol los fines de semana.
Padre y madre, cada uno por su lado, ocupados y solventes, habían elegido la ceguera. Las hermanas menores vivían en otras latitudes, aunque el único intento, la percepción de un hermano tullido, venía desde ellas. Tuvo que sacudirlos una ex novia, piadosa, amiga cierta. Hagan algo, ayuden a que se limpie, rogó.
Dos meses imborrables de internación. Cercado. Una llamada telefónica al mes, controlada. Debía cuidar lo que dijera, porque no le permitirían otra. Se lo habían advertido los otros pacientes. Para él reclusos. Tal vez confundía el pavor de la abstinencia con un castigo penitenciario. Volvió a la casa materna. Desolado, pero ya no consumía.
