Florencia Ferreyra |
“Una trama de chismes tiene la misma cualidad que una colección: es un conjunto disgregado de discursos que sólo puede tomar sentido si alguien comienza a organizarlos”[i]
Beatriz Sarlo

Si bien la lógica de montaje en el arte moderno nos resulta inteligible, especialmente a partir de los textos compuestos sobre y desde lo fragmentario del pensador alemán Walter Benjamin, es cierto que la voluntad de reunir fragmentos reside desde antaño en el fondo de nuestra cultura occidental. Repasar la historia del arte, de la literatura e incluso de la ciencia, permite encontrar innumerables ejemplos compositivos, yuxtaposiciones de elementos divergentes que, ubicados en un sitio específico, cobran un determinado sentido, otorgando verosimilitud al relato. Imágenes cortesanas barrocas son excelentes ejemplos de ello: allí se superponen sentidos políticos, religiosos, morales y hasta económicos, no sólo a nivel representacional, sino también expresados en la materialidad misma con que han sido elaboradas. Sin embargo, los procesos de secularización de los campos del conocimiento y la desacralización del arte, terminaron por hacer visibles los mecanismos de construcción de sentido. Desnaturalizar los lenguajes, como corolario de dicho proceso, ha sido el efecto más revolucionario y duradero de los movimientos estéticos de las vanguardias históricas. Y es en el ámbito de las artes donde esta percepción fragmentaria, múltiple y des jerarquizada encuentra sitio de privilegio. Ese estado de autoconsciencia (para algunos considerado una expresión de postmodernidad), por demás incómodo en la cotidianeidad, es capitalizado en múltiples sentidos, desde fines de siglo XIX hasta la actualidad, para la elaboración de obras de arte y experiencias estéticas. Nunca hemos percibido con mayor claridad la imposibilidad de conocer lo real, de comprender los mecanismos de la naturaleza, o de definir nuestras experiencias como propias de una identidad incontaminada. Esa apertura ad infinitum, que genera en la mayoría de nosotros un inenarrable extravío, podría explicar la afanosa tarea que las artes se proponen: diseñar escenarios y narraciones que orienten nuestras vivencias de contextos atomizados.

La síntesis de Beatriz Sarlo, acerca de la lógica montajística que subyace en la obra literaria de Walter Benjamin, resulta un cristal apropiado para aproximarnos a la extensa obra de la artista cordobesa Helu Ludueña[ii]. Su producción, que recorre disciplinas como el dibujo, la pintura, la cerámica, el collage, el tatuaje, la poesía y la narración literaria, es ciertamente desbordante en cantidad y diversa en cualidades estéticas, pero todas parecen dialogar en una sinfonía infinita donde cada disciplina encuentra, a su tiempo, su rol protagónico. Quizás la predilección por el montaje, ese afán aglutinador y algo azaroso que rinde tributo al surrealismo, sea la única característica atribuible a sus creaciones vistas en conjunto desde un ángulo panorámico. La extensión es tal, que intentaremos una aproximación del todo por la parte, atendiendo algunos de sus collages sobre papel, confiando y creyendo que, en cada una de sus obras, reside una porción de sí misma, que se revela a la mirada atenta.
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Por la huella se conoce el paso:

Helu, capitanea talentosa los mares bravíos de la incertidumbre y de cada travesía –que bien podría ser el trayecto a pie por el barrio, o del colectivo desde su casa hasta el trabajo, o esos otros tránsitos más íntimos que implican conocer de cerca algo, o alguien- recoge pequeñas porciones. Orfebre del papel, domesticadora del color y artífice de novedosas alegorías, sabe engarzar escenas tan luminosas como monstruosas, en relatos que jamás desdeñan la ironía ni la ternura. Cierta voluntad de sutura se expresa en la amplia serie de imágenes que despliega. Sus variaciones técnicas y estéticas responden, sin embargo, a un mismo modus operandi. Ella materializa una singular manera de mirar los mundos que recorre.
Transeúnte de paisajes diversos, observadora sagaz y espigadora en el desamparo, encuentra siempre alguna porción que, a través de su ejercicio creativo se vuelve tierra fértil, escenario viable, para ella, para sus personajes y para nuestra mirada.
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Primera estación: el culto a la belleza formal

En cada una de las piezas que aquí evocamos, es posible encontrar una suerte de lógica interna que organiza la composición mediante una delicada selección de colores. Las formas y las proporciones en que cada uno de estos hace acto de presencia, evidencia una voluntad esteticista. Si hubo tiempos en que aprender significaba observar y reproducir las obras de los grandes maestros europeos, y otros en que había que desarticular esos viejos procesos de construcción, Helu, con el cuerpo, las ideas y las emociones en este presente, sabe valerse de cuanto recurso disponga. Mediante un singular ritual de belleza, profana imágenes y las desacraliza al hacerlas convivir con otras más mundanas, hackeándolas, contaminando sus sentidos originales.
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Segunda estación: apropiarse del costado sacro de las artes occidentales

Se percibe cierta ironía en las figuras que retoma para sus nuevas composiciones. ¿Qué es lo verdaderamente sagrado en XXXX (fig 5)? ¿Será, acaso, el orante recortado o la luz natural que lo baña, y que muestra su inevitable artefactualidad? Habrá, seguramente, extemporáneos que se ofendan. Sin embargo, el gesto de nuestra artista no es completamente hereje. Ella recoge, recorta, y atesora porciones de imágenes que, a su turno, podrán participar de su arte, ese territorio intermedio que, como una piel, la separa y la comunica con el resto de nosotros, quienes observamos desde afuera.
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Tercera estación: la mirada como tamiz del mundo:

Hacer collages implica una inmensa tarea de edición, una constante selección que posiblemente responda a diversas pulsiones e intereses; capas de sensibilidad que se ven afectadas ante ese trozo de visualidad. La mirada funciona como un gran cedazo vivo, un filtro vegetal que se reconfigura de acuerdo a las circunstancias de las que forma parte. De a momentos es muy permeable, suceptible de impactarse por multiplicidad de estímulos. Otras veces, la trama se tensa y sólo ingresan determinadas señales. La composición será, cada vez, resultado de un ejercicio donde ella decide, si satura de información a modo neobarroco, o si pone un potente acento en el silencio.
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Último puerto: la ternura y lo monstruoso conviven

Septiembre 2025)
Cada una de las imágenes seleccionadas para esta mínima incursión en la inmensa vastedad de obras, son portadoras de una equilibrada mezcla de ternura, desenfado, ironía, extrañeza y monstruosidad. Es el ángulo el que nos permite acceder a alguno de los aspectos que componen estos relatos. Son narraciones caleidoscópicas que nos colocan al mismo tiempo en la posición de espectadores y creadores; imágenes que nos permiten gozar de la sutileza, de la espesura del detalle, de la estridencia del color; hechas para imaginar y para sobrevivir. Como un ramo de flores exóticas, no dejan de ser inquietantes recordatorios de nuestra finitud, nuestra irregularidad, nuestra bella y azarosa existencia.
Septiembre de 2025
Portada: Fragmento de la serie “Surrealistas”. Collage sobre papel. 2024.
[i] https://www.youtube.com/watch?v=Lwa7u5zFGvc&t=5912s
[ii] https://www.instagram.com/__helu_____/
