La madre de los deseos

La madre de los deseos

Mónica Inés Flores | 

El hombre finalmente ha llegado a París. Camina mirando hacia arriba,  observa los techados de color pizarra, las ventanas con ojos de pestañas talladas en madera y las largas copas azuladas de los árboles. Había logrado subirse a un avión. Un avión tan económico como para que los pasajeros fueran casi ensobrados en sus asientos. Un largo vuelo sin conciliar el sueño. Las imágenes le danzan. Van desde su niñez de hermano menor, a una madre risueña que le habla en francés, pero no explica qué le dice. Ve a su hermana mayor que baila, ella todavía hoy, en una Patagonia de vientos, permanece arrobada por aquel París relatado por la madre. Piensa el hombre que las madres no sólo trasmiten la lengua o la religión sino los deseos. Y a la suya la atravesaban las fantasías que había bebido de los libros, que había inventado con sus primas, que había seguido sosteniendo ilusionada, aún cuando con su marido apenas podían alimentar a los tres hijos. El hombre piensa en la casa de piedra, en el sol de la montaña, en el carro de su padre, en el garaje de su profesora donde practicaba piano por las noches. Piensa en los inviernos, en las revistas que leían con su hermano y en el hogar entibiado por los sueños de esa madre.  Ella le hablaba de las calles de Montmartre y de sus pintores empobrecidos, lo contaba con detalles, como si hubiera estado entonces entre ellos. Esas historias que escuchó muchas veces, quedaron rondando y durante años miró las pinturas de Vincent van Gogh y leyó las cartas a su hermano Teo como si las escribiera él mismo.

Ahora está en París. Entra a los cementerios, deambula entre las tumbas, lee las lápidas, bajo los arces descubre algunas de mármol con vetas grises, y otras más antiguas de piedra. Lo sobrecoge pensar en la muerte y en la belleza de los rituales que la acompañan. La siesta resbala sobre los robles y sombrea el banco donde está sentado. Una mujer delgada con un piloto de color tiza se acerca y le habla en francés, él mueve la cabeza, no la entiende, no sabe cómo decirle. Ella saca una manzana de su bolso y se la ofrece. Él la toma y se mueve en el banco para dejarle lugar. Ella sonríe y se sienta. Él saca de su bolsillo su libro de poemas sobre Vincent y se lo enseña. No sabe de qué manera, pero hablan. Hablan largo tiempo. Ella viene siempre, le muestra ciertas tumbas y sus secretos, le enseña los arbustos que le gustan, las esculturas que fueron de bronce y ahora el verdín recubre los torsos eternos. Caminan por los entreverados senderos. Conversan con los dedos, con los gestos, con palabras que escriben en una libreta. Atardece y el hombre sabe ahora hacia donde lo encaminaban las historias de su madre.

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