Juan Carlos Mondejar |
Luis presiona el intercomunicador para hablar con Jorge, mientras, le cobra a un auto que pasa hacia la ciudad. El auto sigue, Jorge no atiende, Luis se para y le hace señas agitando los brazos.
La ruta no es muy transitada, hace ya un par de meses que la empresa decidió dejar solo dos cabinas, una hacia cada lado.
Hace calor y no se puede saber si se debe a las llamas de los incendios cercanos o es solo otra tarde tórrida. El horizonte se parte al medio por la doble línea amarilla mientras el sol cae como una bola roja detrás de las sierras.
La posición de las cabinas enfrentadas de alguna manera les viene bien, pueden mirarse cara a cara mientras trabajan.
Jorge por fin ve las señas de su compañero y levanta el intercomunicador. —No viene nadie loco salgamos a fumar algo. ¿Trajiste?
—Siempre traigo responde Jorge. Ya salgo.
Se sientan en la proa de la isleta del peaje, atentos por si aparece algún auto en la ruta que los llame a sus puestos. Luis da una pitada, mueve la cabeza de un lado a otro satisfecho, estira el brazo y alcanza el porro a Jorge que le cuenta que es de una planta que tiene en su casa, que se la regaló su novia y que ella le enseñó como es el asunto ese de las flores. Mientras le cuenta, entra a la cabina y se prepara para cobrar a otro vehículo.
Luis también retoma su tarea con una chata que apareció de golpe, apenas con las luces de posición. El tipo le hace una broma porque le ve los ojos rojos. Luis le dice que es por el humo de los incendios y señala hacia el fuego que se ve cada vez más cerca. El de la chata no le da importancia y sigue viaje.
Jorge abre la ventanilla de su cabina, un viento caliente le pega en la cara. A los gritos pregunta si llamaron de la empresa, agrega que seguro vienen a buscarlos en cualquier momento.
-Con este humo van a liberar el peaje o directamente cerrar la ruta. Dice.
Quedan solos de nuevo y salen a caminar, el calor es abrasador, se alejan un poco de las barreras y encienden de nuevo el porro. Jorge pide silencio con el dedo índice en sus labios.
Se escucha un galope, un alazán con las crines ardiendo pasa desesperado dentro del campo. Ven ese potro pero intuyen varios más en la oscuridad. El humo envuelve la zona y regresan a las cabinas a buscar refugio. Las llamas son altísimas, varios árboles arden en un instante, explotan como la cabeza de un fósforo, el viento envuelve el fuego, lo eleva, lo aplasta y lo vuelve a lanzar sin que se pueda prever nada.
Dos zorros pasan por debajo de la barrera, huyen del fuego pero tienen la cola en llamas. Gritan con una carcajada de dolor y llevan el incendio con ellos. Jorge manotea el teléfono para llamar a la empresa pero nadie atiende.
Un puma aparece en la humareda, se detiene, se agazapa ante las formas extrañas de las cabinas hasta que da un salto por encima de la barrera y se pierde en la oscuridad.
Jorge da otra pitada, busca su mochila, putea porque no los vienen a buscar. De pronto, ve acercarse una jirafa. El animal mira absorto la estación de peaje iluminada, abre sus patas delanteras y acerca su hocico a la cabina, Jorge se queda quieto, paralizado. No sabe si Luis está viendo lo que pasa pero no se anima a moverse La jirafa empaña el vidrio con su aliento. Jorge advierte que el animal no podrá pasar bajo el alero de la construcción, decide salir y permitirle que huya por la banquina pero para eso tiene que abrir un portón lateral. Se arriesga y corre con las llaves del candado en la mano. La jirafa se asusta, patea las protecciones de goma de la isla y destruye la barrera. Jorge grita para llamar la atención del animal y llega a abrirle con el corazón saliéndosele del pecho. La jirafa lo ha entendido, pasa como una tromba y se pierde en la oscuridad.
A punto de desmayarse siente la mano de Luis en el hombro. Tiene las mochilas de los dos en la mano.
-Ya está loco. Ya está. Vamos rajemos de acá. Nadie va a venir a buscarnos, no hay nada que hacer.
Caminan un buen rato al costado de la ruta hasta que extenuados se echan en la banquina mirando al cielo que destella chispas y pájaros en llamas.
En el horizonte, sobre las sierras se dibuja una serpiente de fuego. Una ambulancia y un helicóptero se suman al caos. Desde el aire con un altavoz ordenan evacuar la estación, llegan tarde, ya no hay nadie allí. Dan una vuelta y regresan para vaciar una enorme bolsa con agua que han recogido del lago.
Jorge da otra pitada y le pasa el porro a Luis.
-Es de la buena. Dice. La mejor.
