| Mónica Flores
Durante casi veinte años había creído tener una buena relación con su padre. Era hija única. Aunque él estaba muy poco. Cenaba y se iba. Su madre, desde que ella tiene recuerdos, andaba como zombi por la casa. Las órdenes de la medicación siquiátrica se las traía él, cuando iba al hospital por una hernia de disco.
A los diez años, Anahí se ocupaba de cocinar. Se ataba una cola y se miraba con orgullo el cabello brillante y oscuro, se ponía un delantal con un dibujo de Minie y se sentía una chef importante. Había conseguido un librito viejo de recetas y miraba un programa de cocineros. Cuando estaba la mesa lista, recién llamaba a su madre. Ella salía del dormitorio con una bata de pana si era invierno, o con un camisón sin mangas si era verano. Se vestía solo para visitar a sus hermanas y los domingos para ir a misa. Almorzaban juntas mirando la tele, Anahí levantaba los platos y se iba caminando a la escuela. Casi no hablaban, estaba acostumbrada a ese silencio sombrío. Siendo niña, fue su papá quien en sus días de franco la inscribió en la escuela, la llevó al zoológico, a los cumpleaños, y le enseñó a andar en bicicleta. Las madres de sus compañeras eran diferentes, pero esa le había tocado a ella. Al menos no se oponía a nada que Anahí quisiera hacer. Su padre la buscaba de los entrenamientos de básquet, dos noches a la semana. Los sábados ayudaba con la catequesis de los chicos que iban a la iglesia. El cura le caía bien, no había ningún seminarista, aunque sí dos mujeres mayores que colaboraban. A los chicos les encantaba estar en el grupo que ella dirigía.
En quinto año, la profesora de literatura les dio un listado de libros que podían sacar de la biblioteca. Los comentarían al final del cuatrimestre. Su padre los hojeó, ¿y esto? Los tengo que leer para el colegio. Ah, bueno, dijo él. En su casa solo había unos de geografía y otros de ajedrez. A los siete años le mostró cómo se movían las piezas, y siempre en el verano jugaban después de cenar. Sos inteligente, vos ché, le decía desde que ella empezó a ganarle. Él ya no quiso jugar más, me aburrió el ajedrez, se quejó. Anahí vio disgusto en su pupila celeste. Qué lindo color de ojos, solía decirle ¿porqué no saqué tus ojos, papi? Casi siempre, él se iba los viernes a la noche y no regresaba hasta el lunes. Su madre no decía nada. El sábado se ponía ropa de calle y partía a la casa de su hermana Inés hasta el domingo a la tarde. Si querés vení, pero Anahí prefería quedarse, estar con sus amigas. Eso sí, a las ocho, en casa de regreso.
Después de leer uno de aquellos libros del colegio, le pareció que existía un mundo paralelo, se entusiasmó, prefirió leer a mirar la tele, sintió que cualquiera de esas historias le resonaba, como si algo dentro de ella se hubiera despertado. Tuvo más ilusiones, comenzó a observar a su alrededor, a preguntarse, entre otras cosas, por qué no se parecía en nada a su madre, no solo en lo físico, entendía que su madre era depresiva, se lo había dicho su papá, cuando le dejó el dinero de las compras para que ella se ocupara de la comida, no es que mamá no le guste hacer las cosas, o no quiera ocuparse de vos, no está bien, pobre, es una enfermedad de la cabeza.
Los abuelos maternos, de origen italiano, y sus tías le resultaban aburridos, tristes. No la mimaron. Le hacían regalos de compromiso en sus cumpleaños. Antes no se daba cuenta, pero cuando hizo comparaciones con sus primos, sí. Primos detestables por su tosquedad. La familia de su padre era del sur. No se visitaban. No conoció a esos abuelos. No le importaba, no le hacían falta. Hacia el final del secundario solo le interesaba conseguir más libros, se los devoraba y los devolvía el lunes. El básquet le daba energía fresca, y alegría. Podía salir del aire denso de la madre. Una chica del barrio le dijo que su papá tenía otra mujer. Al principio se sintió mal, después pensó que era lógico, con su madre así. Empezó a pensar si no sería adoptada, tal vez su mamá no pudo embarazarse y por eso se deprimió, pero entonces para qué la adoptaron. Lo charló con Lila, su mejor amiga. Hablaban mucho sobre eso y de los chicos que les gustaban.
Tuvo un novio a los diecisiete. Y ese quién es, dijo su papá. No le dio tiempo a responder. Ya te lo voy a decir yo, cuando averigüe. Duraron cuatro meses, ella comenzó abogacía y se dejaron.
Un día Lila que estudiaba en la Facultad de Psicología, le dijo que deberían ir a conocer el local de Abuelas, ¿Qué es eso, Lila? Un mes después fueron juntas. Tenía que dar sangre para una muestra de ADN. Aceptó. Mejor no digas nada en tu casa, recomendó Lila. Por supuesto, ni loca. Mi papá me mata si se entera que hice esto.
Es domingo a la tarde, está en la mesa de la cocina, estudiando para dar el último examen, su madre entra a buscar el mate. Anahí deja la lapicera y la encara ¿te puedo preguntar algo? La madre se sienta mirando hacia la ventana, se sirve un mate, el pelo rubio, entrecano. Sí, decime, es raro que vos me preguntes algo….
¿Por qué nunca te gustó estar conmigo? Ya sé que no soy tu hija, pero estuve acá desde que tenía un año ¿no? La mujer volvió a poner agua al mate, que derramó en parte sobre la mesa, no levantó los ojos. ¿Qué decís? soy así, es mi carácter…de mierda ya sé.
No, estás siempre dopada ¿porqué vivís con él? ¿Sabés que ayer conocí a mi abuela de verdad? ¿Sabés que los va a citar la justicia?
Por primera vez, la vio reaccionar. Dejó el mate y la miró. En esos ojos dispersos, había ahora concentración de rencor. Yo no tuve nada que ver, dijo con ronquera. Absolutamente nada, casi gritó. Cuando te trajo, se lo dije, llévatela. No es mi hija, creí que eras de su amante. Pero una noche lo escuché en el living hablar con su capitán, escuché todo. Supe lo que hacía, cuál era su trabajo, de dónde te había sacado. Él creía que me iba a consolar con una piba de gente muerta.
Anahí, siente una cuchillada. Muerta no, asesinada. Pero bueno, podrías haber tenido pena y cuidarme, me pasé veinte años sola, en la indiferencia. La mujer se para, deja el mate, y antes de cerrar la puerta del dormitorio, dice con voz seca, perdóname, pero yo, te lo juro, no tuve nada que ver… y no se la puede forzar a una a ser madre.
Llegar hasta el penal le ha tomado casi dos horas. Y otras dos más de espera en la cola desde las seis. Ha pasado por las asquerosas revisiones, aunque las hicieran mujeres, la torpeza no era menor, ni menos humillante. A pesar de que sus zapatos tenían un taco muy pequeño, en la requisa la increparon, ¿no sabe que tiene que venir con calzado plano? tampoco puede pasar con ese saco azul, sáqueselo. Otros, a su lado, llevaban envases de plástico con comida para compartir con su familiar, ella solo su cartera con una botella de agua, sellada y su documento.
Era la segunda vez que iba. No vayas le había dicho Lila. ¿Qué vas a conseguir? La pasaste horrible la vez anterior. Te maltrató. No te va a decir nada. Convencete, Anahí. Ella se obstina. Quiero saber, Lila. Ellos saben.
