Importancia geopolítica y económica de Malvinas y el Atlántico Sur

Importancia geopolítica y económica de Malvinas y el Atlántico Sur

| Juan Augusto Rattenbach

Introducción

Argentina, una nación bicontinental

Existe en el imaginario social de nuestro país la idea de que la Argentina es el granero del mundo y que históricamente se destacó por la cría de ganado bovino, para luego devenir en una potencia agrícola exportadora de cereales y oleaginosas. Esta concepción, nacida de la consolidación del modelo agroexportador de 1880, ponía a la “zona núcleo” de la pampa húmeda en el centro de nuestro país, destacando la producción rural de Buenos Aires, La Pampa, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba.
Sin embargo, la República Argentina es, ante todo, una Nación bicontinental. Esto quiere decir que la soberanía de nuestro país comprende dos continentes: el sudamericano y el antártico. Los límites extremos de nuestra superficie terrestre son la confluencia de los ríos Grande de San Juan y Mojinete en la provincia de Jujuy, al norte, que se oponen al paralelo 90° en el Polo Sur, ubicado en la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Hacia el oeste, tenemos como límite natural, en relación a la República de Chile la Cordillera de los Andes, y en el este, la Isla Jorge en el archipiélago de las Islas Esquivel, más conocidas como las Sandwich del Sur.

Mapa bicontinental de la Argentina (Fuente: Cancillería)

A su vez nuestro país se puede dividir en tres: por un lado tenemos a la Cuenca del Plata comprende una red de navegación fluvio-marítima que conecta a la Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia con el Océano Atlántico. Por definición económica, el transporte de bienes por vías navegables tiene un menor costo en relación al comercio por vía aérea o terrestre. Desde un plano económico, y a casi dos siglos y medio de la creación del Virreinato del Río de la Plata, la Cuenca mantiene su importancia y su hegemonía para las Naciones que se construyeron alrededor de ella. Por esta red de navegación pasan el 80% de las exportaciones y el 90% de las importaciones de la Argentina, es decir, casi la totalidad del comercio exterior de nuestro país. Detrás de estas cifras y su relevancia se encuentran las claves para la integración regional tanto desde el plano económico como político.
En segundo plano tenemos el Atlántico Sur, que además de incluir el litoral patagónico, tenemos un conjunto de Islas que resultan clave en términos geopolíticos: Tierra del Fuego, Malvinas, San Pedro (Georgias del Sur) y Esquivel (Sandwich del Sur) y sus respectivos espacios marítimos circundantes. El Mar argentino es uno de los mares que comprende una de las mayores reservas de proteína animal del mundo como fruto de su diversidad ictícola. A su vez, sobre el lecho y subsuelo marino, más conocido como plataforma continental, el Atlántico Sur argentino contiene una gran cantidad de reservas de hidrocarburos, gas e incluso nódulos polimetálicos.
Como si esto no fuera poco, en el estrecho de Magallanes, el Canal de Beagle (Onashaga) o el Mar de Hoces tenemos el único pasaje natural bioceánico que comunica el Atlántico con el Pacífico. Probablemente usted lector pensará que esa característica pasó al orden de la “irrelevancia” como consecuencia de la inauguración del Canal de Panamá en 1914. Esto es relativo: si bien es cierto que la mayoría del comercio internacional pasa por dicho canal, la realidad es que los buques de las armadas del mundo, y muy particularmente buques de gran calado como los portaaviones, no pasan por ahí, y por lo tanto se ven obligados a cruzar de un océano a otro por los cruces tradicionales.
Esto nos lleva a la importancia particular que tiene la Isla Grande de Tierra del Fuego, al ser el espacio de tierra emergida más próxima a la Antártida y por lo tanto la verdadera puerta de entrada al continente blanco a una distancia de tan sólo unos 1000 kilómetros, relativos a Hobart (Australia) o Christchurch (Nueva Zelanda) que se encuentran a más de 2000 kilómetros o el Cabo Buena Esperanza (Sudáfrica) que se encuentra pasados los 3000 kilómetros.
Esto nos lleva al tercer y último espacio argentino que es la Antártida, el cual se presumió por mucho tiempo como el continente del futuro, por todas sus potencialidades económicas, principalmente, por ser la mayor reserva de agua dulce del planeta. En la actualidad, quedó demostrado que la suscripción del Tratado Antártico no supuso el fin de la disputa de soberanía sobre el continente, que lejos está de convertirse en patrimonio de la humanidad. Por lo tanto, en lo que va de este cuarto de siglo XXI no nos tiembla el pulso en afirmar que la Antártida es directamente el continente del presente.

El problema

Las Islas Malvinas, las Islas del Atlántico Sur y los espacios marítimos correspondientes no sólo forman parte de un reclamo de soberanía histórico de nuestro país. Constituyen, en términos geopolíticos, el verdadero centro neurálgico de la Argentina, y cobran más relevancia que nunca en lo que va de este siglo XXI.
Sin embargo se da una paradoja: mientras que Malvinas aparece cada vez más en titulares y notas de medios de comunicación, tanto a nivel nacional como internacional, su estudio brilla por su ausencia en las currículas de grado en las universidades argentinas, y muy particularmente, en la licenciatura en economía.
Pero la realidad internacional, sumado a hechos reivindicativos como la bandera que levantaron los jugadores de la Selección Nacional el 15 de julio de 2026 tras el triunfo contra Inglaterra, llevaron a muchos dentro del ámbito académico a salir de cierta zona de confort donde se veía a Malvinas sólo como un hecho conmemorativo y de memoria a verse como un nudo fundamental de la Argentina en tiempo presente, que puede ser abordado desde distintas disciplinas que contribuyan con el diseño de políticas públicas, y en definitiva, con un modelo de país.

La ecuación previa al Conflicto del Atlántico Sur (1965-1982)

Para comprender la densidad del reclamo argentino es preciso situar el análisis en el terreno del Derecho Internacional Público y de la dinámica socioeconómica que caracterizaba al archipiélago antes de 1982. El punto de inflexión jurídico moderno lo constituye el año 1965, cuando bajo la gestión del presidente Arturo Illia la diplomacia argentina logró la sanción de la Resolución 2065 por parte de la Asamblea General de la ONU. Dicha resolución reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la República Argentina y el Reino Unido, y encuadró el diferendo como un caso de colonialismo a ser descolonizado e instó a ambas partes a entablar negociaciones bilaterales teniendo en cuenta los intereses —y no los deseos— de los habitantes de las islas. En este sentido, la comunidad internacional descartó de plano la aplicabilidad del principio de autodeterminación para el caso Malvinas, al ratificar que se trata de una población implantada.
Durante el período comprendido entre 1965 y 1982, la matriz económica interna de las islas era profundamente precaria. Dentro del contexto de la explotación monopólica de la Falkland Island Company, la única exportación de Malvinas era la lana, pero muy lejos de aquella “fiebre” que se inició en la segunda mitad del siglo XIX y primera del siglo XX. El Reino Unido era su único importador, que para sostener a los pocos habitantes de las Islas, lo compraba a precio subsidiado.
Frente a este estancamiento económico, sumado al mandato descolonizador de Naciones Unidas, Argentina vio una oportunidad para desembarcar en Malvinas a través de inversiones de capital e infraestructura de la mano de sus empresas públicas particularmente Gas del Estado, YPF, Líneas Aéreas del Estado (LADE) y el Correo Argentino.

Hoy parece una foto hecha con inteligencia artificial: YPF desembarcando en Puerto Argentino a través de la estación “Antares” proveniente de Río Grande – Tierra del Fuego en 1974 (Fuente: MMIAS)

Fue en este contexto también que se aprobó la ley 19.640 de Promoción Económica de Tierra del Fuego, lo que contribuyó a delinear un proyecto de desarrollo que le permitiera a la Argentina romper el aislamiento de Malvinas, no sólo con la construcción de una pista de aterrizaje aerocomercial que uniera a Puerto Argentino con Comodoro Rivadavia, sino también mediante el abastecimiento a los isleños de combustible y gas a la población local desde una estación de YPF proveniente de Río Grande para finalmente integrar a Malvinas dentro de los circuitos de cruceros turísticos que partían desde Ushuaia hacía la Antártida de parte de la marina mercante argentina (ELMA).
Esta presencia argentina efectiva en las Islas se desarrolló mientras se encauzaba la discusión de fondo en el ámbito de negociaciones diplomáticas. En 1974, la Cancillería británica (Foreign Office) llegó a proponer una administración conjunta (condominio) con doble nacionalidad para los habitantes y un posterior traspaso definitivo de la soberanía a la Argentina. Hacia comienzos de 1980, barajó la fórmula de lease-back o retroarrendamiento (similar a la aplicada posteriormente en Hong Kong), contemplando la restitución de la soberanía territorial a la Argentina en el horizonte de un par de generaciones.
En este marco, y tres años después de la incorporación de Argentina al Movimiento de Países No Alineados en 1973, la ONU aprobó la Resolución 31/49 de las Naciones Unidas en donde: prohibió expresamente a las partes introducir modificaciones unilaterales en la situación mientras el territorio estuviera sujeto al proceso de negociaciones por la descolonización. No obstante, este sendero de avance diplomático y de integración económica con el continente, se vio trágicamente interrumpido con el inicio del teatro de operaciones de 1982.

La ecuación post Conflicto del Atlántico Sur

La posguerra de Malvinas se tradujo en dos hechos fundamentales: la negativa absoluta del Reino Unido de continuar con el sendero de la descolonización tal como mandaba la resolución 2065 de Naciones Unidas. Por el otro, profundizó el colonialismo mediante la ocupación de 200 millas náuticas de espacios marítimos argentinos alrededor de Malvinas y las demás Islas del Atlántico Sur.

Los británicos pasaron de ocupar tan sólo 3 millas náuticas a 200 entre 1986 y 1995 luego del Conflicto del Atlántico Sur (Fuente: Rattenbach [2022,b])

Esta profundización colonial da como resultado que hoy los británicos ocupan el 25% de la Argentina bicontinental, lo que a su vez permitió avanzar sobre los recursos naturales del Mar argentino y la plataforma continental, especialmente la pesca y actividades de exploración de hidrocarburos.
Es decir, se contrajo la frontera posible de producción de la Argentina de forma muy significativa, a lo que sumamos que inmediatamente después de la guerra se declaró la cesación de pagos (default) que derivó en una cadena de infortunios a lo largo de la década hasta que recién se regularizó la situación con la suscripción al Plan Brady de 1989.
Fue en ese contexto, y no otro, cuando la Argentina reanudó las relaciones diplomáticas con el Reino Unido entre 1989 y 1990 bajo el mando de Cavallo como canciller. Luego de resolver el frente diplomático internacional, recién ahí Cavallo pasó al frente del Ministerio de Economía para aplicar el Plan de Convertibilidad. Este período fue caracterizado históricamente como la era de las privatizaciones, sin embargo, lo que humildemente proponemos en estas líneas es ofrecer una relectura de dichos acontecimientos incorporando la variable posguerra de Malvinas. En este sentido, si tomamos como imagen la Argentina de diciembre de 2001 la veremos totalmente irreconocible respecto de aquella de 1982 que enfrentó una guerra aeronaval contra el Reino Unido. Si tomamos esto en cuenta, comprenderemos que muchas veces los conceptos neoliberalismo o privatizaciones no alcanzan para comprender los verdaderos alcances de lo que fue una descapitalización de las capacidades nacionales argentinas.

Los desafíos en el siglo XXI 

La profundización de la ocupación británica sobre los espacios marítimos argentinos en el Atlántico Sur cambió significativamente los ingresos de la administración colonial, convirtiendo a Malvinas en la única colonia superavitaria del Reino Unido de Gran Bretaña. Esto se debe a un cambio en la matriz productiva, de producción de lana de oveja a las licitaciones y exportaciones de recursos ictícolas (principalmente moluscos).

Cambio en las exportaciones de Malvinas de la lana (rojo) a los recursos pesqueros (azul) entre 1970 y 2017. Fuente: Rattenbach (2022a)

Si bien durante mucho tiempo se creyó que el potencial hidrocarburífero del Atlántico Sur era uno de los principales motivos por el cuál Gran Bretaña entró en guerra con la Argentina, la realidad es que han pasado más de 40 años y los británicos por el momento no extrajeron ningún barril de petróleo.
Sin embargo, los recientes anuncios británicos de que efectivamente sí estarían en las vísperas de avanzar con la explotación de petróleo en el proyecto Sea Lion (León de Mar) para 2028 reanudaron las tensiones diplomáticas entre ambos países. Es decir, detrás de lo que parece una disputa económica, se esconde también una disputa geopolítica y diplomática, que no es exclusivamente de la Argentina sino que arrastra a todo el continente sudamericano.
La razón es, que si bien es muy redituable la economía colonial británica en territorio argentino, a la larga, es muy difícil de sostener en términos logísticos a más de 12 mil kilómetros de distancia que hay desde Malvinas hacia el Reino Unido. Es por eso que resulta un imperativo geopolítico argentino pensar al reclamo de soberanía en el Atlántico Sur en clave continental para aumentar así los costos operativos y evitar las facilidades logísticas que se podrían proveer por vía marítima desde Punta Arenas (Chile) o Montevideo (Uruguay) o por vía aérea en São Paulo (Brasil).
Por último, lo que está en juego también, no sólo es la proyección hacia la reserva de agua dulce más importante del mundo (la Antártida) sino también cuál va a ser el principal actor que se va a convertir en la referencia ineludible como exportador de servicios logísticos antárticos. Por un lado tenemos a Punta Arenas, que se ubica dentro del territorio continental chileno, con mayor facilidad de proyección sobre el océano Pacífico y sobre el margen occidental de la península antártica. Por el otro, con proyección desde el Atlántico, Puerto Argentino bajo ocupación británica.
A estas localidades se les debe oponer el eje de las ciudades Río Grande – Ushuaia en Tierra del Fuego para convertir a la Argentina en la principal puerta de entrada hacia la Antártida a través del aprovisionamiento de alimentos frescos, combustible o servicios logísticos para todos aquellos buques científicos que en algún momento van a tener que abastecerse previo a incursionar hacia la Antártida. Por eso, no sólo es inadmisible que el polo industrial más austral del mundo no tenga puerto (Río Grande) sino que es un imperativo nacional indiscutible la ampliación de las capacidades portuarias de Ushuaia de cara hacia el turismo y la ciencia en la Antártida.

La Argentina bicontinental como política de Estado

Como bien dijimos anteriormente el 15 de julio fue un punto de inflexión: con la bandera que enarbolaron nuestros jugadores el mundo se dio por notificado que existen dos Islas, que las ocupan los británicos, pero que se llaman Malvinas y que son argentinas. La estrategia británica de que el colonialismo “pase desapercibido” tuvo un shock comunicacional a nivel mundial. Ante la situación de estar en el centro de escena mundial, la diplomacia británica no tenía otra opción que balbucear la palabra “autodeterminación” asociada a los Isleños. Pero las campañas repetitivas, tanto formales e institucionales como en redes sociales, terminaron evidenciando una de las principales contradicciones al interior del Reino Unido que desembocaron en un pronunciamiento de independencia de Escocia, Gales y el norte de Irlanda.
Ahora bien, la Argentina no puede especular con una recuperación de Malvinas, basada únicamente en una muy posible balcanización del Estado que ocupa nuestro territorio. Debe, con toda urgencia, formar cuadros profesionales y técnicos para que cuando el momento llegue, se sienten los mejores en las futuras mesas de negociaciones diplomáticas.
Por eso es indispensable la inclusión de Malvinas de forma transversal a todas las currículas de grado en nuestras universidades y profesorados de la mano de una difusión masiva del mapa Bicontinental entendido como la imagen que proyecta el horizonte futuro, geopolítico y existencial de la Argentina venidera en este siglo XXI.
De esta forma, con la producción permanente de cuadros técnicos que salen todos los años de nuestros institutos de educación superior, una vez incorporando a Malvinas en sus instancias claves de formación, podremos generar una capa intermedia de profesionales, que sin distinción del rol que ocupen tanto en el sector público como en el privado, puedan garantizar que el reclamo de soberanía sea una política de Estado en el largo plazo, y que por lo tanto, se concrete el mandato de volver a ver flamear nuestra bandera en nuestras Islas y en todo el Atlántico Sur.

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