Promesas

Promesas

Mónica Inés Flores | 

Dicen que mi abuelo entró a la casa por la puerta de atrás, desde dónde se sentía ya el olor de las flores y del incienso. Serían las nueve de la noche y seguramente para animarse debía haberse tomado antes, una buena cantidad de vino. Solitario en una mesa alejada de la ventana, en la taberna con el adobe y la paja a la vista de Don Amancio. Por aquellos tiempos, allí mismo, le alquilaban un cuarto, que había sido depósito de forrajes. Llevaba puesta una corbata brillosa, un traje marrón arrugado y alpargatas blancas sin calcetines. Por el camino cortó una rama con una larga flor de ceibo. Su mujer solía contar muchas historias y una de ellas era sobre ese árbol. Qué pena que ella hubiera muerto odiándolo. Al principio cuando se enamoraron él había prometido llevarla a Damasco. Por entonces, su almacén estaba bien provisto, mejoraba año a año y con el dinero que les costó la fiesta de matrimonio podría haber pagado el pasaje a ver sus hermanos menores que en esa su lejana tierra inclemente, de sórdidos rencores, esperaban su regreso y su ayuda desde hacía más de una década. Pero la novia era una viuda pobre con cinco hijos. Los varones eran laboriosos y bien dispuestos, pero desde el primer día lo miraron ariscos y ceñudos. Las chicas, en cambio, de menor edad le enseñaban con cariño a pronunciar mejor las palabras. Tuvieron dos hijos, Lucía y Félix. La niña lo acompañaba en sus viajes de abastecimiento a Córdoba o lo esperaba despierta para alcanzarle con sus seis años un mate o calentarle las empanadas. En cambio Félix, no se despegaba de las faldas de su madre y prefería mirar a sus hermanos hachar los árboles, seguirlos al río o escucharlos reírse mientras jugaban al truco. Ahora hacía muchos años que lo evitaban si llegaba a toparse con ellos en el pueblo. Sólo Lucía iba a visitarlo los domingos cuando salía de misa. A escondidas de la madre y de los hermanos. Se había recibido de maestra y con su sueldo le traía una vez al mes provisiones y alguna ropa. Alta y decidida como su abuela Siria. Ella fue a darle la noticia. No venga papá, mis hermanos no lo van a permitir, le advirtió. Pero él no podía creer que el dolor los endureciera todavía más.

No había podido despedirse de su madre, ni siquiera saberlo hasta un año después de su muerte. Era de hombres rezarle un ave maría a la mujer con la que se había casado. 

Entró a la sala donde velaban a Gabina. Había más mujeres que hombres, sentados en sillas contra la pared. Se acercó al cajón sin mirar a nadie y entre las flores blancas colocó su ceibo, que parecía una herida roja cerca del corazón de esa mujer que no reconoció sino por su perfil riguroso. Los murmullos se acallaron por un momento y le vinieron a la cabeza las imágenes de aquella última vez que hablaron en el patio. Un patio poblado de árboles frutales. Comenzaba el verano y olor a damascos quedó para siempre asociado al rostro desencajado de Gabina. Le acababa de anunciar que esa noche se iba de la casa. Que otra mujer lo había hechizado. Los ojos de Gabina se encendieron como brasas. Le pareció mejor que él mismo se lo dijera antes que todo el pueblo estuviera comentándolo. Lo creyó un acto de lealtad para el orgullo de Gabina. La furia le devolvió a Gabina por un rato la belleza perdida con los años y la lucha ardua que sostuvo sin pausa, desde que, casi niña, dejara su ranchito en Ongamira. Gabina era una contadora de cuentos que todo el vecindario admiraba. Tornaba cálidos los anocheceres del invierno cuando en su cocina en torno al brasero iba engarzando una historia tras otra. Félix pasaba del regazo de una hermana a la otra, mientras su segundo marido en el bar de la plaza jugaba a los naipes con sus paisanos. Cuando regresaba, algo tambaleante, los últimos vecinos estaban despidiéndose de su mujer, agradecidos por haberlos hecho soñar un par de horas. Porque Gabina, nunca supo él cómo, ni de dónde, conocía también los cuentos de las mil y una noches. ¿Hechizado? Maldito Sirio, dijo Gabina entre dientes, nunca más verás a tus hijos. Vete y no necesito de tus promesas de dinero, que bien me las arreglo yo con mis hijos. El dulzor de los damascos le pareció sofocante en la oscuridad de noviembre. 

Esta noche al cruzar el patio para entrar por la cocina, sintió ese mismo olor, que se mezcló con el de las flores que venía de adentro y el dolor le punzó las costillas, pero a quien recordó fue a su madre. 

Todavía estaba hundido en sus pensamientos al lado del féretro cuando sintió que lo empujaban por la espalda, y una voz ronca le decía: Vayase, usted no tiene derecho de estar acá. Era Romualdo el segundo hijo de Gabina, no se resistió y por primera vez levantó sus ojos y vio al ingreso de la casa, apretado a sus hermanas a Félix que tendría ya veinte años. No había vuelto a verlo desde que hizo la comunión a los trece, días antes de que él dejara la casa. Félix rehuyó su mirada y un rictus sombrío cayó sobre su frente. 

El viejo Farah, se vio a sí mismo en el rostro triste de su hijo, que como él había perdido a su madre y también a su padre. Exiliado como él de su patria, su hijo era sin saberlo, obligado a exiliarse de su padre. 

Camino con el pecho agobiado, no por la humillación de una expulsión que Lucía le había advertido, sino por extranjero y solo. Así debió huir de su ciudad, empujado por su propia madre. Vete, eres el mayor y debes sacarnos de aquí donde somos perseguidos. No te olvides. Dos mujeres le reclamaban desde la muerte sus promesas y ahora cargaba también con los ojos sin sol de su hijo. Se marchó lentamente, con el olor a damascos persiguiéndolo. 

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