| Mónica Inés Flores
Hace seis horas que caminamos en busca de un caballo ¿es negro, es blanco, cómo es? pregunto. Al rato me contesta, o tal vez solo habla para sí. Es torvo, es joven, está perdido. El hombre va siempre diez metros adelante, escrutando, oliendo el aire. Lleva un palo curvo con el que despeja las matas. Las orejas caídas, como papeles doblados, la nariz afilada y despellejada. Todo el tiempo mastica, unas bolitas de coca, como los indios, pero no es indio, es blanco, o fue blanco, unos ojos verdes con líneas amarillas y una piel de cuero duro, amarronado y seco.
¿Por qué habrá huido? Digo en voz alta, cansado de mis pensamientos, del sol y de la poca sombra que ofrecen los espinillos. No huyó, masculla ronco, está perdido. Cada tanto hace un silbido, o más bien un aullido, lastimero y a la vez atronador. No sé de dónde saca esa voz de estampida que atraviesa el monte.
Hemos llegado al límite. Hay una larga pirca, apenas cruzando el arroyo y ni rastros del animal. Un sauce toma agua con su cabellera entre las piedras.
Este hombre, alto como no he visto a nadie antes, trabaja para mí tío, eso creo.
Ayer, justo cuando yo llegaba, por fin, a la tranquera, ellos acababan de descubrir que el caballo no estaba. Los dos parecían desencajados, mi tío ni me saludó. Andá, acompañalo, Caín es imprescindible para él. Yo mientras te preparo un lugar para dormir. Tengo que sacar los trastos de la otra habitación.
Caín, ¿así se llamaba el caballo? El sol aún estaba alto.
Hacía años que no veía a mi tío Enzo. Cuando era niño y vivían los abuelos, íbamos a esa estancia. Enzo era el único hermano varón de mi madre, trabajaba mucho en la ciudad, dicen que ganaba muy bien, que era excelente en lo suyo. Pero un día se fue a vivir allá. Solo.
Al mes del funeral de mi mamá, decidí ir a visitarlo. Mis tías se miraron entre ellas. ¿Te parece? No sé si le importa algo de la familia. No sabemos nada de él. Un vecino de la zona nos dijo que sigue viviendo en la Quebrada de las Jarillas. Dejó la arquitectura y ahora cría caballos y los vende. ¿Para qué querés ir? No sé, mamá me pidió. Como quieras, pero te aviso que es raro. Llevá provisiones, no hay casi nada por ahí. No debe haber señal tampoco.
La lejanía, la inmensidad del cielo, el río, los zorritos que venían por las sobras, los pájaros negros, amarillos y rojos. Eso me gustaba, o eso recuerdo. A mamá también le encantaba estar allá. Cuando nació Alina mamá se separó, después se murió el abuelo, y no volvimos más.
El hombre se sentó desalentado cerca del sauce, bajó la cabeza y se sacudió el cabello claro, se rascó con violencia como si tuviera pulgas, con las dos manos demasiado tiempo. Sin mirarme murmuró si no vino para el arroyo, fue para el monte, por allá andaba la yegua cimarrona. Volvamos boy. No sabía mi nombre ni yo el de él, había hecho fuego a la noche, al lado de unas rocas, donde dormimos hasta el alba. Le ofrecí galletas y naranjas que traía en la mochila, no aceptó. Gracias boy. Resultaba un acento extraño, extranjero. Tenía una pulsera de cuero y piedras azules en la muñeca. Sacaba, cada tanto, hojas de coca del bolsillo y masticaba. Me quedé dormido y él me despertó al amanecer.
Otras seis horas para volver. Lo que no te mata te hace fuerte, trato de aferrarme a ese dicho de mi papá. Mi tío está en la galería tomando mate. Se nos acerca contento. Volvió a la medianoche. Escuché su relincho y ahí estaba, sudoroso, más lustroso que nunca. Le habla al hombre, que no dice nada y enfila hacia la cocina. Sentate pibe, me alcanza un mate. Yo me desplomo sobre una hamaca que cuelga del tirante de un techo de bovedillas. Perdoname, me agarraste desesperado dice con suavidad. ¿Por qué? pregunto ¿Vale mucho ese caballo? Vale, pero no es por eso, es como un hijo para Yoni.
Cuántos años tendría Enzo. Si mi mamá iba por los cuarenta y seis, él estaría llegando a los cincuenta.
¿Sabías lo de mi mamá? Lo digo con prudencia, no sé si eso significa algo para él. No creo que sea como dieron a entender mis tías. Él me mira, levantando las cejas y abriendo los ojos como para verificar lo que todavía no he dicho. Lo imagino ¿es así? Hace dos meses recibí una carta, donde me lo anunciaba….la pequeña Emily, justo le fue a tocar a ella. Deja un rato la mirada fija en las montañas. Lo supuse cuando te vi llegar. Escucho ruido de sartenes y olor a cebolla que se fríe en la cocina. Enzo va adentro. Los escucho hablar. Vuelve trayendo café, panes y queso. Andá comiendo algo hasta que esté la cena. Me alegra que hayas venido. Perdoname lo de ayer. ¿Qué tendría que perdonarle yo?
Nos sentamos los tres en una mesa de madera rojiza. Los dedos oscuros de Yoni ponen los platos con carne, cebolla y papas sobre la mesa. Se sienta y le habla en inglés a mi tío. Mi tío le acaricia la mano rugosa con su mano dorada por el sol y le sonríe. Sonríe igualito a mi mamá.
