Todo sigue igual

Todo sigue igual

| Cecilia Olivera. Es madre de cuatro hijos y psicóloga de profesión y vocación.

«La palabra designa, nombra, es un acto de libertad y autoconocimiento.

Desde la literatura ahora también es un juego, un arte, una rebelión.

Escribo desde mi historia y la de otros.

Escribo para desenmascarar los torbellinos internos buscando un camino de encuentro y cercanía con mi propia identidad».

Elena era una mujer grande en un cuerpo pequeño. Tenía la sensación de que siempre su vida había sido igual de tranquila. Trabajaba como secretaria hacía más de 25 años en la clínica del pueblo. Desde su puesto, sabía lo que podía saber de todos los vecinos. Las fichas médicas, correctamente acomodadas, no sufrían cambios significativos. Elena las retiraba cuando ya no pertenecían a ese fichero y las reservaba en otro lugar separado, como quien atesora la historia de los que ya no están. Salvo por esas intervenciones, su trabajo era monótono y repetitivo
Aquel 28 de mayo estaba más frío de lo habitual. Recordaba la fecha porque después de décadas había tenido que buscar una ficha en blanco para registrar a un paciente nuevo. Elena no podía ocultar su curiosidad, tentada de pedir más datos de lo que correspondía.

Nombre completo: Emilia Montero
Edad: 21 años
Ocupación: un poco de todo

El motivo de consulta era vago… control general, dijo.

Preguntó si podía recibirla el doctor Quiroga. Elena se sobresaltó, de inmediato la corrigió y dijo:

—El doctor Araoz, él puede recibirla.

Elena se incomodó, bajó la vista, pensó que no era necesario aclarar la confusión. La paciente parecía sacada de otro contexto. Su apariencia era inquietante, aunque no podía diferenciar si tenía que ver con la novedad de la situación o con la actitud de la paciente.

—Para terminar, señorita Montero, podría decirme de qué localidad viene.
—Siempre he sido de aquí.
—Ah, perdón —se disculpó Elena, y ya no supo qué decir.
—Tome asiento, el doctor Araoz ya la hará pasar.

El doctor Ernesto Araoz era el hijo del cofundador de la clínica. Para evitar confusiones con su padre, usaba su segundo nombre. Era el único médico clínico y había heredado no solo la clínica, sino también la vocación por la medicina y por la adulación de los pacientes, quienes lo admiraban por su humildad y dedicación. Tenía 35 años y se había casado con Mariana, hija del doctor Quiroga, también cofundador de la clínica. Mariana, además, era la menor de las Quiroga y una de las más sensibles de las tres hermanas. Su padre había muerto de manera trágica unos meses después de su nacimiento. No llegó a conocerlo realmente, aunque su ausencia había ocupado gran parte de su infancia. Su personalidad terminó de forjarse al lado de una madre tan abnegada como melancólica. Quizá por eso, Mariana fue la que mostró más habilidades domésticas y menos interés en irse del lugar. Tenía la misma edad de la señorita Montero.
A partir de aquella tarde, Emilia, la nueva paciente, llegaba cuando empezaba a caer la tarde. En silencio, con la mirada transparente, se sentaba en el banco largo y deslucido de la sala a esperar. Parecía una foto antigua, un cuadro viejo.
Elena no podía explicarse lo que le provocaba su presencia. No podía compartir con nadie esta sensación. Elena era discreta, correcta y no arriesgaría su imagen para comentar la inquietud perturbadora que le provocaba la presencia de esta joven todas las tardes en la sala de espera. En el momento en que ella llegaba, un color sepia inundaba el lugar.
Si bien se esperaban lluvias, la tormenta había sido solo de viento y de tierra. Cuando el clima se convertía en un riesgo a enfrentar, los vecinos encontraban la excusa perfecta para suspender cualquier compromiso previo.
Ese día, Elena no sintió ni el viento ni la tierra, llegó a la clínica y vio a la señorita Montero sentada en la punta del banco de la sala, como si el resto estuviera ocupado. Cruzaron miradas, Elena quiso preguntarle como todas las tardes anteriores a quién venía a ver porque no recordaba que estuviera agendada. No dijo nada. La pregunta se le quedó en la garganta. Esta vez, Emilia Montero respondió como si la hubiera escuchado claramente:

—Espero a mi padre, al doctor Quiroga —dijo.

Elena se estremeció. Era como si el pasado cayera sobre ella con la fuerza de una verdad expuesta. Emilia susurraba el nombre de quien fuera arrancada de sus brazos apenas nacida.
Nació muerta, le informaron y nunca llegó a verla. Le dijeron que no pregunte, que no llore, porque lo clandestino solo puede ser ocultado. El doctor había muerto poco después en aquel accidente conservando el secreto y su buen nombre.
Ese mismo día Elena se hundió con él. Solo perduró su fachada sin brillo, prolija y sensata.
Sin decir palabra, miró a Emilia y sintió que venía a buscarla. Giró sobre sus pasos y salió sin ver cómo la silueta de la señorita Emilia se fue desvaneciendo sobre la mancha de humedad persistente en la pared amarilla de la sala de espera.

(Este cuento fue publicado en la compilación “Que alguien llame a alguien”, coordinada por Javier Quinta, Editorial Bardos , 2025, Córdoba).

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