| Agustina Haimovich
Integrante del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPYPP)
El pluriempleo y la deuda cotidiana como síntomas sociales
En los últimos meses en nuestro país se multiplicaron los testimonios sobre familias que recurren a financiación para comprar alimentos o pagar el alquiler, trabajadores que encadenan dos o tres empleos para llegar a fin de mes y rostros donde se instala el agotamiento que generan las condiciones cotidianas de existencia. La escena incluye refinanciaciones a tasas altísimas, deudas con familiares, préstamos digitales y cuentas que no cierran a pesar del esfuerzo.
Si bien esas experiencias suelen atravesarse como problemas individuales, las raíces del problema deben ubicarse en los mecanismos de redistribución regresiva de los recursos socialmente generados, que se profundizaron en los últimos años. Un fenómeno que se expresa en el deterioro persistente de las condiciones materiales de vida de amplios sectores sociales y la creciente incapacidad de los ingresos laborales para garantizar la reproducción cotidiana de los hogares.
En Argentina, el endeudamiento de las familias forma parte de un proceso de transformación que combina estancamiento productivo, precarización laboral, recorte salarial, ajuste fiscal y expansión de los instrumentos financieros. En ese marco, el crédito aparece cada vez menos asociado a proyectos de inversión familiar o consumo extraordinario y cada vez más vinculado a la cobertura de necesidades básicas. La deuda deja así de ser excepcional para transformarse en una dimensión estructural de la vida cotidiana.
Retroceso productivo y concentración económica
La economía argentina atraviesa desde hace más de una década un proceso de deterioro persistente. Aunque durante 2025 la actividad económica mostró cierta recuperación respecto al shock recesivo que generó el gobierno de Javier Milei en sus inicios, los indicadores de largo plazo continúan reflejando un cuadro de retroceso. El PBI por habitante todavía se ubica por debajo de los niveles de 2017 y está casi un 8% por debajo del pico alcanzado en 2011. Aun en escenarios de recuperación coyuntural, la economía argentina produce menos riqueza por persona que hace más de una década.
Por otra parte, la dinámica económica reciente presenta rasgos particulares. La recuperación de la actividad estuvo asociada principalmente a sectores como el agro, la explotación petrolera y minera y la intermediación financiera, en un contexto marcado por la apreciación cambiaria y la apertura comercial. Esta combinación no solo presenta una baja capacidad de generación de empleo, sino que además profundiza el deterioro del entramado productivo local. Abundan las evidencias de que este tipo de orientación económica produce una economía concentrada con limitada capacidad de dinamizar el mercado interno. En otras palabras, el crecimiento económico puede convivir e incluso sostenerse sobre el empeoramiento de las condiciones de vida de buena parte de la población.
La fragilidad del trabajo
El mercado laboral expresa con claridad la crisis prolongada que atraviesa la estructura productiva argentina. Desde 2012, el empleo asalariado formal privado prácticamente se encuentra estancado. Mientras la población total creció más de un 11% en los últimos trece años, la cantidad de trabajadores registrados del sector privado aumentó apenas un 2,7%. Durante ese mismo período crecieron con gran velocidad modalidades laborales más inestables y precarias. El monotributo aumentó más de un 60%, consolidando al autoempleo y a los puestos asalariados informales como las principales vías de absorción laboral.
La gestión de Javier Milei profundizó esas tendencias. Entre noviembre de 2023 y comienzos de 2026 se perdieron en total cientos de miles de puestos asalariados registrados en el sector privado, el sector público y el trabajo en casas particulares. Parte de esa destrucción fue compensada por el crecimiento incesante de los monotributistas. En paralelo, aumentaron el desempleo y la informalidad. En este proceso, se fue arraigando una estructura ocupacional cada vez más frágil y heterogénea.
La caída del salario y el ajuste sobre los ingresos familiares
La degradación laboral impacta directamente sobre los ingresos de la población debido a que los trabajos más precarios son también los peor remunerados. Pero incluso al interior del segmento formal, los salarios han atravesado una fuerte pérdida de poder adquisitivo que acumula recortes sucesivos. Desde fines de 2015 hasta comienzos de este año, los salarios de los trabajadores registrados promediaron una caída cercana al 30% en términos reales, que se explica por una reducción del 24,3% en los salarios del sector privado y un ajuste del 39% en los salarios del sector público.
Buena parte del recorte se dio durante la gestión libertaria. La política oficial de contención salarial resultó uno de los pilares del programa económico, como ancla de una política antiinflacionaria ineficaz, inscripta en un modelo orientado al mercado externo, donde los salarios son concebidos más como un costo que como un motor de la demanda.
El ajuste aplicado durante el último bienio también impactó en otras fuentes de ingresos. Las jubilaciones mínimas perdieron poder adquisitivo, las pensiones por discapacidad se recortaron y las transferencias destinadas a estudiantes o trabajadores de la economía popular sufrieron un severo ajuste. Las políticas implementadas también involucraron un recorte significativo en áreas sensibles como comedores y medicamentos. Si bien los hogares que perciben la AUH registraron una mejora significativa en su capacidad de compra durante el primer año de gobierno libertario, la prestación Alimentar, cuyas actualizaciones dependen de decisiones discrecionales del Ejecutivo, permaneció congelada por casi dos años. Esto contribuyó a erosionar progresivamente el poder adquisitivo de las familias destinatarias.
Ajuste fiscal y encarecimiento de la vida
Lejos de constituir una consecuencia no deseada, los recortes formaron parte de una estrategia orientada a alcanzar un equilibrio fiscal que exhiba capacidad de pago frente a los acreedores externos. En un país que ha sido expuesto a recurrentes procesos de endeudamiento por parte de los gobiernos neoliberales, esto implica destinar una porción creciente de los recursos públicos, es decir, del esfuerzo contributivo de las familias, al pago de la deuda pública. En otras palabras, la “motosierra” aparece así articulada con una transferencia regresiva de recursos desde los hogares hacia el poder financiero.
Al mismo tiempo que se reducían ingresos y se recortaban subsidios a las tarifas, se desregularon múltiples precios esenciales para la reproducción cotidiana de los hogares. Alquileres, energía, transporte, medicina prepaga, educación y medicamentos registraron fuertes aumentos. Muchos de estos gastos crecieron por encima de la inflación general, lo que redujo el ingreso disponible de las familias y contribuyó al empobrecimiento de los estratos medios. En este marco, los hogares han desplegado múltiples estrategias para compensar la pérdida en su poder de compra.
Trabajar más para sostenerse a flote
Una de las estrategias más inmediatas es buscar más trabajo, lo que se refleja en el incremento de las personas que, aun teniendo una ocupación, están demandando activamente otros empleos. Asimismo, hay una porción significativa de trabajadores que ya tienen dos o más ocupaciones. El pluriempleo se consolidó como una práctica cada vez más extendida. Desde 2017 hasta ahora, la cantidad total de ocupados se incrementó un 11%, mientras quienes tienen más de un empleo crecieron un 41%. A fines de 2025, el 12,2% de las personas ocupadas tenía más de un trabajo, nivel que es aún superior para las mujeres. Son más de 2 millones de trabajadores y trabajadoras que necesitan combinar múltiples ocupaciones para obtener ingresos suficientes.
La sobreocupación también se mantiene elevada: casi tres de cada diez personas ocupadas trabajan más de 45 horas semanales. Son trabajadores sometidos a jornadas extenuantes y un desgaste mayor de su fuerza de trabajo. Sin embargo, esa carga laboral adicional no se traduce proporcionalmente en mejores ingresos. En definitiva, millones de personas trabajan o buscan trabajar más para poder sostener niveles de vida iguales o inferiores a los que tenían años atrás.
De los bolsillos vacíos a los créditos en un click
Además de sumar horas de trabajo, buena parte de los hogares recurrió al endeudamiento, que comenzó a ocupar un lugar central en las estrategias cotidianas. Las familias vienen incrementando el uso de financiaciones a través de tarjetas de crédito, préstamos personales, financiamiento informal, o créditos digitales para cubrir gastos corrientes. La deuda aparece allí donde antes operaban el salario o las políticas públicas.
Según el informe de Inclusión Financiera del Banco Central, a fines del año pasado, 20,3 millones de individuos registraban alguna deuda, equivalente al 54,7% de la población adulta, cerca del máximo histórico. A su vez, el saldo promedio por deudor creció un 24,7% real durante el año 2025, llegando al valor más elevado desde enero de 2020.
La expansión reciente del crédito presenta además características novedosas. Durante 2025 crecieron fuertemente los proveedores no financieros de crédito y, particularmente, los créditos digitales a través de fintech. En este marco, muchas personas agregaron fuentes de financiamiento a los créditos ya tomados. A fines de 2025, 6,7 millones de personas tenían un crédito digital, lo que representa un aumento neto del 44% respecto a 2024. De los nuevos deudores, la mayor parte mantenía deudas simultáneamente con otros proveedores de crédito, comportamiento que sugiere una tendencia a la diversificación de las fuentes de endeudamiento.
Asimismo, sectores históricamente excluidos del sistema bancario formal ingresan al mundo del crédito bajo mecanismos digitales más flexibles, con tasas de interés más onerosas y sin regulación. Incluso las transferencias estatales comienzan a integrarse crecientemente a ecosistemas financieros privados. Titulares de la AUH o programas sociales administran ingresos desde billeteras virtuales que ofrecen préstamos a un click de distancia. La lógica financiera penetra así espacios cada vez más amplios de la reproducción social.
Los límites del endeudamiento familiar
Sin embargo, el endeudamiento masivo también encuentra sus límites. Los indicadores oficiales dan cuenta de que en el último año se deterioró la capacidad de pago de las familias. De acuerdo al Informe de Estabilidad Financiera del BCRA, la carga de la deuda sobre la masa salarial aumentó 10 puntos porcentuales en un año y crecieron de forma acelerada los niveles de morosidad, tanto en entidades financieras como en proveedores no bancarios. El proceso presenta además características regresivas, puesto que los niveles de morosidad son más elevados allí donde predominan los créditos de menores montos y los otorgados a través de billeteras virtuales.
Este deterioro no sólo estuvo asociado a la pérdida de poder adquisitivo, sino también a la suba de tasas impulsada por las inconsistencias de la política monetaria y financiera, entre ellas el desarme de las LEFI, y la creciente presión cambiaria en el contexto electoral.
El problema revela una inconsistencia central del actual modelo económico. Por un lado, el gobierno apunta a expandir el crédito para sostener cierto nivel de consumo y evitar un enfriamiento económico más profundo. Pero al mismo tiempo, el deterioro en los bolsillos de las familias reduce la capacidad de pago de la población que, sumado a una estabilidad financiera frágil, limita las posibilidades de alivio sostenido en las tasas de interés.
Vivir para pagar
La combinación de salarios bajos, pluriempleo, jornadas extensas y endeudamiento creciente configura una sociedad donde amplios sectores necesitan realizar esfuerzos cada vez mayores para sostener condiciones básicas de existencia. El tiempo libre se reduce, aumenta la incertidumbre y la deuda se convierte en una dimensión estructural que condiciona proyectos de vida. La promesa meritocrática del esfuerzo individual pierde legitimidad cuando incluso quienes trabajan más horas no logran estabilizar su situación económica.
El creciente endeudamiento de las familias se vincula también con una dinámica más amplia de endeudamiento externo y ajuste estructural. La decisión de priorizar pagos a acreedores internacionales y cumplir con las recomendaciones de política económica impulsadas por el Fondo Monetario Internacional se traduce en recortes sobre los ingresos populares, reducción del gasto público y encarecimiento de las condiciones de vida.
La Argentina parece avanzar así hacia una dinámica social profundamente regresiva. Una economía que exige cada vez más trabajo para garantizar menos bienestar, mientras el endeudamiento absorbe recursos crecientes de las familias y amplifica desigualdades estructurales.
