El neoliberalismo y la Sociedad de Mont Pelerin

El neoliberalismo y la Sociedad de Mont Pelerin

| Humberto Zambón

Hablemos de economía II, EDUCO, 2016

El liberalismo filosófico apareció a fines del siglo XVII (la edición del trabajo de John Locke “Segundo tratado del gobierno civil” es de 1690) como consecuencia directa de la evolución del pensamiento occidental a partir del humanismo del Renacimiento. Su principio es que existen derechos naturales inherentes a la persona humana, que son anteriores y superiores a toda organización social: son los derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad, que son inalienables y que hacen a la esencia misma del ser humano. A este ideal liberal le debemos, en gran parte, la vigencia actual y mundial de los derechos humanos.

Casi todos los intelectuales liberales de esa época, Voltaire en particular, sostenían que el egoísmo es el motor de la conducta humana; eran individualistas, dando prioridad a la defensa de los derechos personales como la libertad personal (que sólo debía ser restringida para conservarla), la seguridad y la propiedad. Eran conservadores y, en general, desconfiaban de las masas a las que consideraban incultas, por lo que estaban alejados del ideal democrático defendido por Rousseau en “El contrato social”. El divorcio inicial entre liberalismo y democracia se puede confirmar leyendo la historia de nuestro país: los hombres que hicieron la Argentina moderna en la segunda mitad del siglo XIX eran profundamente liberales, pero nada democráticos (por ejemplo, en la elección de Sarmiento como presidente, sobre doscientos mil habitantes que tenía Buenos Aires votaron unos quinientos).

El liberalismo económico nació también en Francia, independiente del liberalismo filosófico, con los fisiócratas y se consolidó en Inglaterra (con Adam Smith y el libro “La riqueza de las naciones” publicado 86 años después que el de Locke). La idea básica es que existen leyes naturales que rigen la producción y distribución de los bienes, que los hombres –cada uno en su egoísmo individual buscando su propio interés- logran la óptima asignación de los recursos, por lo que el Estado debe abstenerse de intervenir. Es la frase famosa de los fisiócratas “dejad hacer, dejad pasar, el mundo camina solo” o el concepto de “la mano invisible” que gobierna las relaciones sociales de producción, según Adam Smith.

El liberalismo económico, especialmente los integrantes de la escuela neoclásica desarrollada a partir del último tercio del siglo XIX, conformó la ortodoxia económica y dominó la enseñanza teórica y la política económica en el mundo, hasta que, a partir de 1929, la mayor crisis de la historia mostró en los hechos sus limitaciones y errores: no sólo no pudo explicar lo que ocurría, sino que sus recomendaciones políticas resultaron contraproducentes. Los gobiernos dejaron de lado la teoría y, mediante el método de prueba y error, con la intervención y el gasto estatal, pudieron reconstruir la demanda global. En 1936 Keynes justificó teóricamente la nueva política económica. Después de la Segunda Guerra vino un período de desarrollo económico de unos 20 años que conformaron la llamada “edad de oro” del capitalismo, con crecimiento y redistribución del ingreso nacional donde el paradigma teórico fue el keynesianismo y se supuso el fin, al menos en macroeconomía, de la ortodoxia neoliberal.

En ese escenario, en 1947, se fundó en la localidad de Suiza, Mont Pèlerin, la sociedad que lleva ese nombre, convocada por Frederich von Hayek y que reunió inicialmente a 36 intelectuales, historiadores, filósofos y, fundamentalmente, economistas, cuyo elemento común era el compartir la ideología liberal. Entre los convocados estaba Ludwig von Mises, que fuera profesor de Von Hayek y que en la década de los años ´20 tomara renombre por el debate que sostuvo con Oscar Lange y Abba Lerner sobre la posibilidad del cálculo económico en el socialismo, que Von Mises negaba. Estaban, además, Milton Friedman, el mentor de los “Chigagoboys” y creador del monetarismo, el economista inglés Lionel Robbins, el filósofo Karl Popper (autor, entre otras obras, de la conocida “La sociedad abierta y sus enemigos”) y otros intelectuales de renombre.

La idea central fue crear una organización cerrada, donde el ingreso fuera exclusivamente por invitación (que debe tener la aceptación expresa o tácita de todos los miembros), con el objeto de difundir y defender las ideas liberales, ya que consideraban que los individuos estaban amenazados en sus libertades por el avance y desarrollo del Estado. Su primer presidente, en ejercicio hasta los años ´60, fue Von Hayek. En la actualidad tiene unos 500 miembros (en su historia los integrantes han recibido ocho premios Nobel) y, en los ambientes liberales, la participación es considerada un gran honor.

Se trata de un ente similar al Opus Dei que, en lugar de la ortodoxia católica, tiene como meta la defensa de la pureza de los principios de mercado.
Von Hayek (1899-1992) fue economista y filósofo destacado que se hizo famoso en 1944 por su libro “Caminos de servidumbre”, que es una especie de biblia del liberalismo, completado con “Los fundamentos de la libertad” de 1960 y es uno de los admirados por el presidente Milei. Considera que toda planificación, por débil que sea, conduce necesariamente al totalitarismo y que el socialismo no es más que un sinónimo de totalitarismo. La llamada “justicia social” tiende al control del mercado libre y acaba con su desmantelamiento, terminando con la libertad económica y personal. Escribió que “veo la preservación de lo que es conocido como sistema capitalista, del sistema de libre mercado y de la propiedad privada de los medios de producción, como una condición esencial de la misma supervivencia de la humanidad”.

Enseñó en la London School of Economics (entre 1931 y 1936) y tuvo un fuerte debate con Keynes y Sraffa; lógicamente, la aparición de la “Teoría General” de Keynes en 1936 ahondó las diferencias teóricas y la rivalidad entre ambos economistas. En principio vencieron las ideas de Keynes, ya que después de la guerra casi nadie dudaba de la necesidad de la intervención gubernamental en la economía, que el principal mal era la desocupación y que era imprescindible crear un Estado de bienestar social.

En ese escenario negativo para las ideas económico-liberales surgió la Sociedad de Mont Pèlerin. Según Max Hartwell, integrante e historiador de la Sociedad (“Historia de la Sociedad Mont Pèlerin”, 1995), se aplicó el dicho militar al liberalismo, “hubo que salvar la bandera y renovar el ataque”. Dice Hartwell: “La sociedad fue importante para cambiar la agenda política, primero, sosteniendo ideas liberales cuando eran ignoradas e impopulares, y segundo, circulándolas y aumentando su influencia”.

Lo cierto es que ese pequeño grupo intelectual inicial con tesón (y muchos recursos) fue creciendo y adquiriendo estatus académico en las universidades norteamericanas, hasta convertirse en verdad científica de la teoría económica, primero con la revalorización de la teoría neoclásica y luego con la teoría de la oferta y de las expectativas racionales. En 1960 Daniel Bell publicó “El fin de la ideología”, considerado por algunos autores como el manifiesto fundador del movimiento neoconservador.

La crisis del petróleo de los años ’70 trajo inflación de costos y estancamiento económico en los países centrales (“estanflación”) lo que permitió a sectores poderosos el denunciar la supuesta causalidad del exceso de intervención estatal en esa situación. En ese clima las enseñanzas de la Sociedad de Mont Pèlerin fueron la semilla del neoliberalismo, que no era más que el liberalismo económico despojado de cualquier relación con el liberalismo filosófico, pero sí asociado al conservadurismo político; la mejor prueba es que las primeras experiencias históricas fueron Chile de Pinochet y Argentina de Videla, es decir, liberalismo económico unido al rechazo del respeto a los derechos humanos.

Este pensamiento no sólo dominó la educación y los centros intelectuales conocidos como think-tanks, sino también a las instituciones internacionales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. A fines de los ’80, con el llamado Consenso de Washington se convirtió en claramente hegemónico: se convenció a la mayoría de los científicos sociales y al público en general de que el neoliberalismo era el mejor sistema e, incluso, se llegó a sostener que era el único posible.

La idea neoconservadora parte del individuo como ser egoísta y competitivo, en una especie de darwinismo social donde sobreviven los mejores; considera que la idea de la igualdad es antinatural y contraproducente, ya que tiende a igualar hacia abajo y a eliminar las tendencias al progreso, por lo que Tatcher dijo que “es nuestro trabajo glorificar la desigualdad y ver que se liberen y se expresen los talentos y las habilidades para el bien de todos nosotros” mientras que la teoría económica sostiene que el mercado es el asignador óptimo de los recursos económicos, que el bienestar humano se maximiza cuando no existe intervención estatal en la economía y cuando se garantiza la libertad empresarial en un marco institucional que asegure la propiedad privada, la libertad individual y el libre comercio. En este escenario, el Estado actual debería mantenerse con las mismas funciones que el Estado decimonónico (defensa, policía y justicia, asegurando la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado) y dejar las áreas en las que avanzó, ya sea en la producción como en los servicios, inclusive tales como la educación y la salud, a la iniciativa privada sin intervención estatal.

Sostienen que si se respeta la propiedad y la iniciativa privada, se reduce -mediante las privatizaciones- la actividad del Estado a sus funciones esenciales (fundamentalmente mantener la seguridad y el orden), se abre el mercado y se permite la libre circulación del capital, la libre competencia logrará crecimiento de la riqueza que finalmente se derramará otorgando bienestar a toda la población (teoría del derrame).

Se convirtió como objetivo principal de la política económica a la lucha contra la inflación, y en este sentido la desocupación fue vista como un precio necesario a pagar para evitar la suba de los precios. La estabilidad suplantó como objetivo político a la igualdad, ese viejo ideal de la izquierda política. Pero, así como la crisis de los años 1930 mostraron el fracaso del liberalismo económico, la realidad está mostrando el fracaso de su nueva versión, el neoliberalismo.

FUENTE: H. Zambon: Hablemos de economía II, EDUCO, 2016

 

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