Sobre la democracia a cincuenta años del golpe

Sobre la democracia a cincuenta años del golpe

| Carlos La Serna

Evocar el golpe militar nos transporta a un momento crucial de esa democracia interrumpida que ha connotado desde su misma constitución la vida política de la sociedad argentina. Referimos a los decretos dictados por María Estela Martínez de Perón y por Ítalo Luder -por licencia de la presidenta-, a través de los cuales se configura sin lugar a dudas la más grave torsión contra los derechos humanos en el seno mismo de un gobierno democrático, el elegido en 1973. 

En una sucesión que evoca el martilleo de una metralla, se sancionan simultáneamente tres decretos en octubre de 1975. El 2770 crea el Consejo de Defensa Interna que presidido por el Ministro de Defensa y los tres titulares de las FFAA, tuvo la misión de planear y conducir el empleo de las FFAA, de seguridad y policiales, el decreto 2771 que dispuso que el Ministerio de Defensa firme convenios con las provincias para que los servicios penitenciarios y las policías respectivas quedaran bajo control del Consejo de Defensa [1], el 2772 que ordena a las FFAA  la realización de las operaciones necesarias a efectos de aniquilar el accionar de las organizaciones subversivas en todo el territorio nacional. 

Tales instrumentos, dan forma máxima a un Estado de Excepción en tanto dan fuerza legal a un ilegal macro dispositivo represivo quebrando toda posibilidad de vigencia democrática de un gobierno que había sido conquistado a lo largo de un extenso período de luchas sociales y políticas del más diverso signo. 

Se hiere de muerte no sólo al gobierno aludido sino a la democracia misma, en tanto somete el poder del Estado al terrorífico arbitrio procedimental de los comandantes de las fuerzas armadas, mutilando el ordenamiento constitucional, dando por tierra con las garantías de persecución y juzgamiento público ajustado a la legalidad entonces vigente. 

La militarización del gobierno democráticamente elegido que estos decretos convalidan abona el golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976, esto es la implantación de un régimen totalitario y genocida que se presenta como la vía legal -autorizada por tales decretos-, buscando diferenciarse de la precedente represión que la clandestina organización 3A instrumentara bajo la conducción del entonces ministro de la democracia y la indiferencia del gobierno en ejercicio. En efecto, las 3A desaparecerán con el golpe, su mentor López Rega sale del país, siendo sus “efectivos” convidados por la dictadura para la realización de “tareas extra-ordinarias”.

Pero que es la democracia

Nuestra democracia fue recuperada y ello recibió su primer e imborrable impulso de las rondas de Madres en Plaza de Mayo. Tal histórica decisión vino a constituir el núcleo ético político de una resistencia que asume las exigencias de memoria, verdad y justicia y de reaparición con vida de las víctimas, posicionamiento cuya significación democratizante se extiende a amplias capas sociales. El totalitarismo militar resulta así horadado, en el marco del fracaso de su proyecto neoliberal y del intento de cooptación social que representó la oportunista, irresponsable y criminal patriada de recuperación de las Malvinas.

Ésta, nuestra actual democracia, exhibió en sus primeros pasos el dominio imborrable del capital financiero sedimentado por la dictadura a través de la Ley de Entidades Financieras nunca derogada y de la oposición política y corporativa al gobierno de Alfonsín cuyos hito central fuera el juzgamiento de las juntas militares, junto a los obturados intentos de democratizar la vida sindical, de reformar el sistema educativo, de crear un seguro nacional de salud universal y equitativo, de conformar un club latinoamericano de deudores. 

La democracia se revestía así de esa constitucionalidad que fuera gravemente golpeada entre 1975 y 1983, asumiendo un programa que deba sentido pleno a su recuperación. Pero es justamente ello lo que eriza la reacción de las fuerzas que apoyaran a la dictadura, abriéndose un periodo de desestabilización que se expresa en la hiperinflación, en el levantamiento “carapintada”, en el copamiento de la Tablada, en la campaña que encabeza Cavallo para desacreditar la demanda de ayuda financiera del gobierno radical. Estas asonadas de distinto signo confluyen en la crisis del primer gobierno democrático, desembocando en el adelantamiento de las elecciones, en el arribo al poder de Menem. Se inaugura de este modo un lapso de ocho años que para resumir derivará en el fracaso del plan de convertibilidad, ajuste y apertura indiscriminada instrumentado por el economista cordobés. Mediando los intentos del transformista gobierno de la Alianza se llegará a la crisis del 2001 y al posterior triunfo electoral de Néstor Kirchner que inaugura esa década ganada para las demandas y aspiraciones sociales. 

De qué hablamos cuando hablamos de democracia?

Se ha dicho que “… la noción de «democracia» no designa un régimen consolidado, caracterizado sin ambigüedades por una distribución de poderes y cierta norma constitucional. [Por el contrario] “Refiere a un «estado social» variable en el cual las instituciones, los movimientos sociales, la participación cívica (el poder social) tienden a conferir a la mayoría de los ciudadanos la mayor responsabilidad posible en el gobierno de los intereses colectivos. “… si se adopta [tal] … concepción …, la oscilación es la regla. Se llega entonces a la idea según la cual en los momentos de mutación histórica, o en los periodos de crisis –hoy vivimos ambos a la vez–, el statu quo democrático no existe. La elección es entre la regresión o el avance de los derechos y de los poderes colectivos” (Balivar).

Aquella primera oscilación de la democracia recuperada, que destruyó tempranamente ese ideal de democratización que dio sentido al pacto democrático post dictatorial, volverá como hemos reseñado sobre sus pasos. El tratamiento de las cuestiones sociales en plan democratizante toma forma en la Argentina post dictatorial con los gobiernos de Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Salvo el caso de Alfonsín, sus gobiernos fueron precedidos y sucedidos por gobiernos democráticos regresivos respecto al impulso de una dinámica que con distintas modalidades y limitaciones pretendió ensanchar el poder social frente al poder económico.

La seudo democracia  

Pero aquella ilusión democratizante, si algo de ella quedaba, recibiría su golpe de gracia. La derivación neo-totalitaria que hoy maltrata a la sociedad argentina, se funda en un programa político según el cual la democracia puede organizarse polarizando la gestión gubernamental del conflicto hasta hacer desaparecer toda manifestación que represente las aspiraciones inclusivas de la sociedad argentina, algo que sólo puede tener las consecuencias desastrosas propias a la conquista y ejercicio de la suma del poder. 

Siguiendo a Mouffe podría entenderse que el gobierno libertario, anclado en el odio a la democracia, comete el grave error que significa suponer -como lo hizo la dictadura militar- que la democracia liberal representa una contradicción destructiva que debe ser activada. El neo-totalitarismo emprende tal tarea situándose en las antípodas de la democracia misma. Desconoce en su ortodoxia el potencial para el tratamiento del conflicto que deviene del sustrato pluralista propio de la democracia. Exacerba las relaciones amigo-enemigo rechazando todo vínculo adversarial, a la vez que desconoce los mecanismos constitucionales, como también las “…formas pragmáticas, precarias y necesariamente inestables de negociar su inherente paradoja”. 

Los esfuerzos democratizantes se refuerzan por el contrario en el estudio de experiencias que sin desconocer el antagonismo inherente a la sociedad capitalista, lo (re)interpretan. Mouffe, propone junto a Derrida que el concepto de exterior constitutivo no puede ser entendido como un contenido (una identidad) que es afirmado/negado por otro contenido, que no representa el opuesto constitutivo de un nosotros dado, sino el símbolo de aquello que hace imposible cualquier nosotros. Mouffe expresa de esta forma la imposibilidad de esa ilusión de comunidad, de identidad colectiva que desconoce y que pretende hacer tabla rasa con las diversidades que la constituyen.

“Por consiguiente, el antagonismo nunca puede eliminado y constituye una posibilidad siempre presente en la política. Una tarea clave de la política democrática consiste por tanto en crear las condiciones capaces de hacer que la aparición de tal posibilidad sea mucho menos probable.” (Mouffe) 

Resulta claro que tal tarea, no siendo monopolizada por las organizaciones de derechos humanos, encuentra en ellas sus espacios de mayor potencialidad. La jornada del 24 de marzo que acabamos de vivir ha adquirido una dimensión política no solo por la magnitud de su realización a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio, sino porque hemos encontrado en ella visos de un sentir creciente de los daños de la política estatal, sentir que comienzan a expresar también aquellas franjas etarias que han venido sosteniendo el barbarismo libertario. Son señales, no otra cosa, que nos ligan, que nos aproximan en la tarea de volver menos probable el antagonismo social. Solo cabe esperar que la política partidaria de aquella formación que contiene pero no demuestra aún su capacidad para sumarse genuinamente a esta tarea, se haga prontamente realidad.     

Córdoba, 25 de marzo de 2026


  1. Esta disposición es ratificada por el Comando General del Ejército mediante la directiva 404/75 que coloca tales organismos bajo su “control operacional”.

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