| Humberto Zambón
I
Javier Milei es economista. Es licenciado en Economía por la Universidad de Belgrano y declarado seguidor de la llamada Escuela Austríaca, que se origina en Carl Menger (1871) y que pone el acento en el individualismo metodológico, la teoría del valor-utilidad (visión subjetiva del valor) y el libre mercado sin ninguna intervención estatal.
Para Milei, Menger y sus seguidores son una especie de superhéroes de un cómic. Dice, en el libro “Capitalismo, socialismo y la trampa neoclásica” (Planeta, 2025), que “son los que verdaderamente le dan un golpe de knock out al socialismo” (Pg. 144) y que (ante los problemas que enfrenta la teoría económica, son los economistas de la escuela austríaca) “los que podrían haber dado solución a todo esto, pero llegó la década del ‘30 y, más concretamente, la gran depresión, la Teoría general de John Mainard Keynes destruyó el análisis económico desarrollando un panfleto en favor de políticos mesiánicos, ladrones y corruptos. Esto implicó la destrucción del marco analítico con el que se trabajaba, retrasando 40 años el desarrollo de la teoría económica, discutiendo asuntos sin sentido y desviando el debate en direcciones inconexas al tratamiento del crecimiento económico” (pg 125).
No dice que la teoría económica vigente hasta los años ‘30 del siglo pasado fracasó al no poder explicar la crisis de 1929 y la década siguiente de recesión económica y que, por eso, ante la necesidad de respuestas, aparecen Kalecki y Keynes entre otros. Milei no analiza a las circunstancias ni a la obra de Keynes, sólo la rechaza y la descalifica llamándola “panfleto”. Además de rechazar sin explicaciones al más importante y reconocido economista del siglo XX, como es Keynes, también parece ignorar la importante objeción hecha a Menger (y a Jevons): la utilidad en un fenómeno psicológico y, por lo tanto, no puede ser objeto de una medida objetiva; en otras palabras, con esta teoría sería imposible medir el valor.
Aunque el italiano Wilfredo Pareto trató de superar esta objeción creando las llamadas “curvas de indiferencias”, que se suelen utilizar en microeconomía para enseñar el funcionamiento de la demanda del consumidor individual, y que sí son objetivas, no se pudo superar el obstáculo: el economista Kenneth Arrow en su tesis doctoral de 1950 (publicada como libro al año siguiente) demostró que las preferencias individuales no se pueden sumar (no se puede construir una curva de indiferencia para una sociedad), lo que fue completado por Gary Becker (premio nobel en 1992) que demostró matemáticamente la imposibilidad de deducir una función social partiendo de las preferencias individuales. Con ello se cuestiona a toda la teoría subjetiva del valor; se cuestiona a Menger y se rechaza la teoría económica de la que Milei se dice seguidor.
Esta teoría parece renacer a partir de los años ‘70 del siglo pasado, con la transformación del capitalismo productivo en financiero, dando letra teórica a libertarios y fundamentando políticas neoliberales de libre mercado, que han fracasado reiteradamente, como lo demuestra la de Videla-Martínez de Hoz, la de Cavallo con la crisis del 2001 y, finalmente, la de Macri y Milei.
II
Milei, en la reciente apertura de sesiones ordinarias del Congreso, pretendió justificar el actual cierre de empresas con la teoría del progreso y la “destrucción creativa”. La idea se origina en Marx y Engels, que la expusieron en “La ideología alemana” de 1845 y en el “Manifiesto” de 1848: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente a los medios de producción…”. Un siglo después esa idea fue retomada por Joseph Schumpeter, que le dio el nombre de “destrucción creativa”: el capitalismo innova permanentemente, con lo que vuelve obsoletas cosas y técnicas que todavía sirven, pero que no pueden competir económicamente con las nuevas. El empresario, o se adapta y cambia, o muere. El progreso capitalista se hace construyendo y, a la vez, destruyendo lo viejo.
Resulta extraño ver a Milei compartiendo ideas de Marx. Pero habría que avisarle que la “destrucción creativa” se refiere a la existencia de desarrollos tecnológicos o innovaciones previas y no a la destrucción empresaria que implica la importación barata de bienes producto de una insensata apertura económica indiscriminada.
La actual destrucción económica de la industria no es creativa, sino que es destrucción a secas. Y un drama para quienes la sufren.
III
¿Por qué esta política anti-industrial de Milei? Además de intereses de clase mal entendidos, de temor al poder de la clase obrera y de añoranzas de una supuesta edad de oro para la oligarquía argentina, hay una explicación teórica: para estas escuelas de economía, el capital y el producto pueden verse como variables homogéneas: sería lo mismo producir trigo, generar servicios (ya sea abrir las puertas de los vehículos en la entrada de un hotel o hacer cirugía neurológica) o producir chips o satélites. Por otro lado, adhieren a la doctrina de la división internacional del trabajo, que plantea que si cada país se especializa produciendo aquello para lo que tiene ventajas comparativas, intercambiando con los otros productos, todos se beneficiarían porque los costos serían menores para una calidad mejor.
No tienen en cuenta que esta doctrina fue enunciada por David Ricardo a principios del siglo XIX para justificar la pretensión de Inglaterra de tener el monopolio manufacturero, mientras que el resto del mundo se dedicaba a proveer materias primas y ser mercado de la producción inglesa. Por ello fue tomado luego como argumento ideológico por todos los imperialismos.
Desde el punto de vista teórico es un análisis estático, una fotografía, y su aplicación tiende a mantener una situación dada, sin cambios ni progresos. No tienen en cuenta a las leyes de Kaldor (enunciadas en 1966): 1- Cuanto más rápido crece la industria, más rápido crece la economía en general y 2- A mayor crecimiento industrial, mayor crecimiento de la productividad del trabajo (aprovechamiento de las economías internas y externas y del progreso técnico). Es decir, no hay desarrollo económico sin industrialización.
En nuestro país el producto industrial por habitante era en 1930 del 15.3% y llegó a un máximo, en 1974, del 25,3% (en ese momento las manufacturas representaban el 43% de las exportaciones); después de las tres olas neoliberales, en diciembre del 2025, volvió a ser del orden del 15%. Según información periodística, mientras en Argentina el coeficiente retrocedía, en Estados Unidos creció un 79%, Brasil un 44%, Francia un 70% y Japón un 194%, en Corea del Sur y China, donde era muy bajo, creció el 5.639% y 9.438%, respectivamente.
IV
Este año en el encuentro de Davos, Milei anunció que Maquiavelo había muerto. Como a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) se lo considera el fundador de la ciencia política, lo que Milei anuncia mediante una metáfora es la muerte de la política; según su criterio, el gobierno se debería limitar a administrar las cosas y respetar al mercado como la gran autoridad.
Hay que recordar que la teoría económica nació como “economía política”, es decir, estuvo ligada a la “polis”, a lo colectivo, a lo social. Su objeto era conocer las relaciones sociales que genera la producción y distribución de bienes y servicios en una sociedad, y su finalidad era lograr el mayor bienestar posible para esa sociedad. A fines del siglo XIX, con el auge del positivismo y la posición cientificista que pretendía una ciencia y una “verdad científica” objetivas, alejada de las pasiones humanas, surgió la idea de crear una “teoría económica” o “economía” a secas, sin el calificativo de “política”, totalmente aséptica, “objetiva” y absolutamente independiente, separada de la política económica. Se suponía que la economía daría los conocimientos para que la política decidiera y actuara: se ponía a la economía al servicio de la política.
Con el neoliberalismo la relación entre economía y política se invirtió. La política quedó subordinada a lo que decía la economía o, mejor dicho, al dios mercado, del que los economistas cumplían la función de oráculo.
Ahora Milei lo llevó al extremo. De la política no quedaría nada, ni la subordinación a la economía. Para Milei la política ha muerto, solo queda la economía, el mercado, el dios que decide y al que hay que obedecer y adorar. Es coherente con la decisión de terminar con el Estado desde adentro.
Para Milei el mercado es siempre eficiente y no puede ser injusto, es perfecto porque se origina en el derecho natural. Así como la producción depende de leyes objetivas, ajenas a la política, la distribución del producto es fijada por el mercado y, por lo tanto, es eficiente y justa y no debe ser distorsionada por la política. El anarcocapitalista grita “¡viva la libertad!”, que es la libertad de empresas y la libertad de explotación, pero olvida hablar de democracia: la eficiencia suplanta al voto en la legitimación de las acciones.
Se puede aplicar lo que dice el brasileño Franklin Serrano (Revista Circus N° 6), “algunas teorías económicas son argumentos puramente ideológicos, cuya función es defender ciertos intereses materiales”.
Pero no debe ser así. Tenemos que volver a la economía política. Así como la ciencia permite que el hombre, al conocer las leyes que rigen en la naturaleza actúe sobre ella, tanto para evitar desastres naturales como para aumentar su bienestar, construyendo diques, caminos, puentes, creando los sistemas de agua corriente y cloacas, etc. Es decir, utilizando a las leyes naturales en su beneficio; de igual forma debe actuar con el mercado, usando la política económica (en base a las leyes de la teoría económica), para lograr el bienestar general. Y esto es especialmente cierto en los países dependientes, como el nuestro; tal como dice José Pablo Feinmann: “Los países periféricos no tienen economía, la economía los tiene a ellos. Lo que tienen es la política”.
(Algunos párrafos de este artículo fueron publicados previamente en el portal Va con firma)
