Epistolario de Sonia Bossio. Acunar pequeños gestos que merecen ser contados

Epistolario de Sonia Bossio. Acunar pequeños gestos que merecen ser contados

| Florencia Ferreyra

 

“Si es humano poner algo que quieres, porque es útil, comestible, o hermoso, en una bolsa, o un cesto, o en un poco de corteza enrollada o en una hoja, o en una red hecha con tu propio pelo, o lo que sea, y luego llevártelo a casa, siendo la casa otro tipo diferente de saquito o bolsa, un recipiente para personas, y más tarde sacarlo y comértelo o compartirlo o guardarlo para el invierno en un contenedor más sólido, o ponerlo en el botiquín o en el altar o en el museo, en el lugar sagrado, en el área que contiene lo sagrado, y luego al día siguiente probablemente hacer más de lo mismo — si hacer esto es humano, si esto es lo que se pide, entonces, resulta que sí soy humana, a pesar de todo. Completamente, libremente, alegremente, por primera vez”.

Úrsula Le Guin [1]

En este 2026 cargado de angustias globales que me afectan tan íntimamente, intento abrirme un horizonte de posibilidad, algo que, aún en medio del torbellino, me permita vislumbrar una porción de belleza. Quizás, lo único que pueda hacer sea cambiar el foco para atender a lo que aún vive mediante impulso sostenido, para enfrentarse a la conciencia dolorosa de la finitud.
Cerrar el 2025 fue especialmente estresante para quienes nos reconocemos subsistiendo a la constante precarización de las condiciones de vida, tanto materiales como espirituales. Así estaba en diciembre, en el contexto de la ruidosa, exuberante y masiva Feria Mercado de Arte organizada por la Municipalidad de Córdoba, cuando mi mirada se detuvo en la propuesta artística de Sonia Bossio[2], en el Stand TERAS[3] de Rosario. Ante Epistolario[4], experimenté esa sensación mágica que ocurre en el encuentro fortuito de un objeto bello y desconocido, en alguna tarde de playa, en la infancia, cuando los ojos suelen estar más cerca del suelo. Desde entonces lo llevo conmigo, porque me permite pensar, sentir, y porque da forma y espesor a unas lecturas que también me acompañan en este ajetreado momento histórico y biográfico. Asumiendo esta afectación, intentaré compartirles mis observaciones sobre esta obra de arte.

Si, como explica Elena Oliveras, habitamos una experiencia metamoderna, cuyos sentidos pendulan entre la modernidad y la postmodernidad, cabe preguntarnos por el lugar que tiene la utopía en este presente. Lejos de la idea de progreso lineal, pero también a cierta distancia de la ironía e incredulidad postmoderna, parecieran florecer algunas propuestas estéticas que, en tanto actos de micromilitancia, posicionan a las utopías domésticas como una forma plausible de enfrentarse a la incertidumbre[5]. Es en esa trama de sentidos donde anida este libro-objeto. Allí se reúnen y organizan fragmentos dispersos creando nuevas narraciones. Cada una de las postales que lo conforman es testimonio del sitio desde el cual Sonia Bossio realiza la práctica creativa: bien podemos pensarla como una artista del umbral, en tanto productora de esos espacios liminales tan ricamente descriptos por Anna Adell[6]. Operando un corrimiento en la lógica autoral tradicional moderna, Epistolario se dispone como refugio para los restos procesuales de otrxs creadores, dando lugar a un compuesto colectivo. Y el resultado es una simpoiesis[7] simplemente maravillosa.

Varios aspectos que atraviesan y conforman esta pieza responden poéticamente a la urgencia de un presente desahuciado: la construcción colectiva y el afecto como posición política ante la vida, la adecuación sensible en el uso de imágenes y palabras para transmitir un mensaje, la esperanza de que ese puñado de deseos, añoranzas y recuerdos lleguen a un destinatario, para conmoverlo.
Los relatos en cada postal, se contentan con lo pequeño y lo cotidiano, no como una adaptación a lo posible, sino como un gozo por eso que, al ser aparentemente nimio, pasa por debajo del radar, escapando a la colonialidad de narrativas heroicas. No hay aquí ningún ego desplegando sus plumas de pavo real, porque para comunicar cosas tan sutiles, se precisa de un entorno cálido. Pienso en esta disposición como una actitud propia de las mujeres cuando ejercen tareas de cuidado en el ámbito doméstico: grandes articuladoras de diferencias, organizadoras de eventos trascendentales en las biografías, transmisoras de unos sentidos tendientes a la integración del clan. La gestión afectiva y afectada que aquí realiza Bossio me recuerda también a mi abuela quien, aún con sus 96 años, consigue hacer florecer su frondoso jardín cada primavera; a mi madre y a mi tía inventando comidas para seis niños demandantes con lo que quedaba en la alacena; a Valentina creando historias con vasos y esponjas que, humanizados, sostienen la faena del baño de mi hija menor. Pienso también en una comida caliente al regresar de una jornada fría, y en una conversación sin tiempo que alguna amistad me regala.
En esta delicada propuesta poética, advierto una vibración compartida por quienes custodiamos la vida diaria. Esa lógica esmerada, esa habilidad para la presencia sensible, esa pasión por la observación del detalle, transmitida por tantas mujeres que, por cultura y biografía se han dedicado a urdir redes invisibles mediante la escucha y el relato, toma forma en el procedimiento artístico de estas postales.

Dice Úrsula Le Guin que las ficciones que sostienen la vida van a contrapelo de los relatos heróicos occidentales, llenos de matanzas, falos y dominaciones. Que las historias que nos construyen y nos sostienen en comunidad no están conformadas por jerarquías sino más bien por un conglomerado de cosas dispares que, contenidas en bolsas tejidas, redecillas y cántaros, se mezclan y conviven sin demasiada alharaca.
Detenida, una vez más, en alguna de estas postales, pienso que aún es posible –y además es necesario- apelar a un gozo en el estar entre, con los pies en el barro, con el corazón afectado y el cuerpo en el borde. Nos debemos al menos un resquicio para la vida, mientras corremos una maratón interminable de hiperproductividad.

[1]LE GUIN, Úrsula: La teoría de la bolsa como origen de la ficción (1989). Traducción libre de Fernanda Carvajal. Oficios Varios editora (2021).

[2]Sonia Bossio (Rosario, 1979) es profesora de Filosofía y docente de Educación primaria. Estudió fotografía analógica y laboratorio blanco y negro en la escuela Municipal de Artes Plásticas Manuel Musto y se formó con la fotógrafa y artista Gabriela Muzzio.
Desde el 2012 coordina y es docente del programa el Ojo Robado dependiente de la Dirección Provincial de Niñez, Adolescencia y Familia. Además, integró el equipo de Trabajo de Espacio Lab, programa de arte ciencia y tecnología del Complejo Astronómico Municipal (CAM) de la ciudad de Rosario.
Participó del proyecto Camarón/Experiencia colectiva de documentación fotográfica, con el que realizó intervenciones urbanas y talleres participativos de producción artística en distintos puntos del país.
Desde el 2017 lleva adelante Espacio Maravilla, un proyecto orientado a la formación en fotografía estenopeica y experimental y a la investigación en técnicas analógicas antiguas donde se articulan diversos soportes, formatos y lenguajes artísticos.

[3]TERAS es una plataforma de desarrollo de proyectos y un espacio de sinergia para las Artes Visuales y las Industrias Culturales, gestionado por la Cooperativa Archipiélago en la ciudad de Rosario.

[4]Editado en noviembre de 2025, en una tirada total de 300 ejemplares, acoge 24 postales y 18 estampillas para envíos posibles.

[5]OLIVERAS, Elena: “El retorno de la utopía en la metamodernidad”, en Temas de la Academia: El retorno a la utopía en el arte contemporáneo. Buenos Aires: Academia Nacional de Bellas Artes, 2018.

[6]ADELL, Anna: De paseo por los limbos. Colección: Cahiers – nº 13 Editorial Wunderkammer (UDL), 2023.

[7]Tomo de Donna Haraway.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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